recuperado y envió los objetos a New Haven. «Sé cuánto significan para usted», le escribió, pidiendo disculpas 411 . Con los objetos a la vista, Bingham se olvidó de su furia, o quizá la dirigió contra sí mismo. Ahí había un sacrificio Inca, una muestra de la riqueza y antiguo ritual que seguían ocultos en las montañas del Perú, y casi los habían perdido en el mar. Quizá los peruanos sí tenían razón al mantener los objetos en el país, podría haber pensado. Bingham ingresó el oro, plata, bronce y huesos de Inca Churisca a los catálogos de Yale, junto a la colección de Alvistur, pero a fines de noviembre, Bingham le mandó un cable a Erdis indicándole que no mandara más cajones de material arqueológico412. Cuando Bingham incluyó el descubrimiento glacial de Inca Churisca en National Geographic al siguiente año, solo mencionó los «pequeños objetos de bronce y madera» y omitió detalles sobre los metales preciosos. No se podía admitir públicamente la posesión de tal colección sin temer que fuera descubierto por colaboradores peruanos. Esta era la principal ironía de las acciones de Bingham y de las expediciones de Yale en 1914, desde la colección Alvistur a los objetos de Inca Churisca: Bingham y la expedición habían empezado a recolectar objetos que nunca podrían estudiar y sobre los cuales no podrían escribir ni exhibir públicamente, al haberlos obtenido al margen de la ley peruana. Al sacarlos de su contexto, estaban contaminados y resultaban inútiles para la ciencia. Sobre todo, significaba que los expedicionarios estaban en constante estado de alerta, temiendo que los descubrieran mientras trataban de armar la colección de Yale. El miembro más joven de la expedición, el asistente de Bingham, Osgood Hardy, era particularmente consciente de esta contradicción. Hardy pasó el invierno de 1914-1915 estudiando quechua en el antiguo pueblo incaico de Chincheros, una de las antiguas sedes de la nobleza indígena. El pueblo estaba más arriba del Cusco, donde la tierra era verde, exuberante y hermosa. Las antiguas creencias persistían. Un lugareño le dijo a Hardy que «creía que el sol debía ser adorado» 413 . El pueblo tenía tanta riqueza histórica que Hardy sintió la tentación de llevarse algo más que la lengua. Hardy se alojaba donde el magistrado indio local, que tenía un «tambor indio» que estaba dispuesto a vender. Pero lo que Hardy realmente quería era la vara del pueblo, aquella que estaba cubierta de plata y que los españoles le entregaban a los incas nobles como emblema de su 256
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