hijo —un varón más— y seguir contando con la increíblemente buena suerte que venían teniendo en la vida podría resultar peligroso. Pero era tentador. El Perú todavía podría pedirle a Yale que devolviera la colección de Machu Picchu. Los objetos de Alvistur eran como un as bajo la manga: una colección de antigüedades de origen incierto al cual el Perú jamás podría hacer inventario y, por ende, tampoco pedir de regreso. Y con la lógica que ha apaciguado la conciencia de los coleccionistas a lo largo de los años, Bingham genuinamente creía que Yale era un lugar más seguro para los objetos que el Perú. Podría haber creído que el mismo hecho de que Alvistur se ofreciera a contrabandear los objetos sugería que el Perú era incapaz de prevenir el contrabando. Y si ese era el caso, entonces Bingham quizá creyó que pagarle a Alvistur para que enviara de contrabando su colección a Yale era una oportunidad —o incluso un llamado supremo— para darle un buen hogar a la colección. Podemos deducir su actitud frente a la legalidad de ello en base al año anterior, cuando le escribió unos consejos al Ministro en el Perú sobre cómo podría Aleš Hrdlička exportar sus objetos: «Legalmente, no creo que el Director de Gobierno tenga autoridad para ordenarle al departamento de aduanas que le permita al doctor Hrdlička llevarse los huesos que recolecte, pero si el tema es manejado con discreción, presumo que saldrá todo bien»387. Sería un crimen, por tanto, solo si se enteraba el Ministerio de Justicia y Educación. Hiram Bingham hizo una contraoferta de £1,500, más de US$160 000 actuales. «Estoy consciente de que el material vale más que esto, y desearía poderte pagar más», se disculpó Bingham, «pero esto es todo lo que estoy en posibilidad de ofrecerte» 388 . Al día siguiente, el 4 de abril, Bingham escribió, y después reescribió, su carta al director de la Biblioteca Nacional del Perú, omitiendo la parte en la que decía que a Yale no le interesaba construirse un gran museo. Para fines de mayo el acuerdo estuvo concluido. Alvistur aceptó la oferta de Bingham, empacó la colección en siete grandes cajones, y pagó por su flete a bordo del vapor Chimú —irónicamente, el nombre de una cultura precolombina peruana— con destino a Nueva York389. A mediados de setiembre, la New England Navigation Company le notificó a Bingham que había recibido «7 cajones de artículos incaicos (antigüedades)», en consignación para la universidad de Yale390. Las cuatro grandes jarras incaicas llegaron poco después. 250
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