La controversia en torno a la concesión de Yale, sin embargo, había puesto sobre el tapete el tema de la excavación sin licencia de monumentos y la venta de objetos. En febrero de 1913 la asociación de estudiantes de la Universidad del Cusco denunció el saqueo de la fortaleza de Sacsayhuamán381. Aquel abril, el diario más importante del Perú arremetió contra un inglés que estaba en Londres subastando una colección de 750 objetos que había extraído de tumbas en el norte del Perú 382 ; y en noviembre de 1913, Luis Valcárcel fundó el Instituto Histórico del Cusco para monitorear los monumentos y objetos arqueológicos de la región. En este nuevo clima, personas como Alvistur, que se consideraban a sí mismos inofensivos anticuarios, fueron ubicados como contrabandistas en potencia. Alvistur se sintió perseguido. Dijo que el gobierno estaba amenazando con confiscar su colección, pero también vio una oportunidad 383 : cuando se prohíbe la exportación de objetos, sus precios suben. Mientras que el Cusco y el Perú entraban en una recesión, Alvistur vio una forma de financiar el suntuoso estilo de vida al que se había acostumbrado: le vendería su colección a Hiram Bingham 384 . Sus ofertas empezaron en 1913, pero fue recién en marzo de 1914 que Alvistur dio con un precio a partir del cual Bingham podría negociar: la colección de 366 antigüedades incaicas por £2200, o poco más de US$240 000 actuales 385 . Alvistur argüía que el precio era una ganga, ya que los objetos incaicos en todo el Perú estaban desapareciendo y que la colección duplicaría su valor rápidamente. También dejó en claro lo que se necesitaría para poder embarcar los objetos en una nave que los llevaría a Estados Unidos. Le tendría que ofrecer a los funcionarios de aduanas «una fuerte suma a fin de que la dejen pasar, pues que como Ud. sabe está prohibida la exportación de objetos antiguos [sic]» 386 . En otras palabras, para poder enviar la colección de contrabando a Bingham en New Haven, tendría que sobornar a los funcionarios peruanos. Bingham recibió la carta de Alvistur el 3 de abril de 1913, la abrió y desdobló sobre su escritorio. Por un lado, llegaba en un momento inoportuno. No le había sido fácil regresar al Perú. Si los intelectuales peruanos se enteraban de que había comprado objetos de contrabando, malograría sus planes para siempre. Su esposa estaba esperando su sétimo 249
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