Capítulo 17 TENTACIÓN La decisión de Bingham de pagar por objetos de contrabando fue el resultado de su desesperación, las oportunidades que se le presentaron y su creciente desdén por la ley peruana, sentimiento que compartía con el anticuario cuzqueño que le ofreció la colección: Tomás Alvistur. Bingham y Alvistur se habían conocido en julio de 1912, poco después del triunfal retorno del primero al Cusco. Alvistur era un dandy diletante que, al igual que Bingham, se había casado con una mujer de una familia adinerada —en 1911 Bingham se había alojado en la hacienda Huadquiña, propiedad de la suegra de Alvistur, Carmen Vargas de Romainville— y había usado esos recursos para financiar su fascinación por los incas. En vez de explorar, Alvistur había armado una «muy fina» colección de unos 366 objetos precolombinos. Algunos habían sido extraídos de tumbas o ruinas incaicas; los demás los había comprado de indios o vendedores en la ciudad379. Tenía un gusto exquisito. Bingham había visitado su museo en 1912 y había quedado impresionado por cuatro enormes vasijas incaicas que llegaban casi hasta su cintura, un cáliz ceremonial de piedra de color verde negruzco de 38 centímetros de alto, una alpaca de piedra marrón clara de 20 centímetros, un ave de piedra color marrón —cálido y con pálidos aros concéntricos— tan abstractamente vivaz que parecía temblar en la mano. Tenía incluso una jarra particularmente hermosa proveniente de Machu Picchu: medía 21,5 centímetros, su asa y borde eran color rojo, y en su parte delantera llevaba extraños diseños de enrejados, diagonales y círculos negros y rojos, todo sobre un fondo amarillo rojizo. Alvistur aparentemente se los había comprado en el Cusco a Agustín Lizárraga, el «otro» descubridor de Machu Picchu, antes de que este muriera 380 . 248
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