Las tumbas de Macchu Picchu

estadounidense encontraría una ciudad perdida llamada Apu en los Andes 355 . También llevó a cuando menos una irónica recomendación. El Boston Morning Herald le sugirió al Perú que no cometiera el mismo error que Estados Unidos había cometido en torno a las espectaculares moradas Pueblo en los precipicios de Mesa Verde, Colorado, ya que «no protegimos estos restos prehistóricos sino hasta que los arqueólogos de nuestro y otros países hubieron saqueado completamente sus tesoros, con el resultado de que nuestros guías en buena medida tienen que explicar lo que “había estado” ahí». Bingham podría haber hecho una mueca de disgusto al leer la referencia. Los lugareños estadounidenses casi habían linchado al excavador de Mesa Verde, Gustaf Nordenskiöld, por exportar sus objetos a Europa 356 . En todo el mundo, los lectores de periódico se asombraban por las maravillas descubiertas. Para los estadounidenses, que sentían algo de remordimiento por haber conquistado a su propia población indígena, Machu Picchu ofrecía un sentimiento de inocencia e incluso nostalgia imperial por el pasado pre europeo. Era más fácil pensar en los nobles indígenas muertos que en los indios que vivían en o fuera de las reservaciones en Estados Unidos, quienes luchaban por proteger la cultura nativa y los derechos estipulados en los tratados 357 . De igual interés era el elegante, tenaz y ahora famoso explorador que permitió que esto sucediera. Bingham firmó con la editorial Houghton Mifflin para publicar un libro titulado tentativamente «Tierra de los incas». Criticado en Yale por sus frecuentes ausencias, estuvo en tal demanda que en un periodo de dos meses rechazó cuarenta invitaciones para dar charlas, incluyendo una de la Universidad de Illinois en el aniversario de otro ícono estadounidense de 1,93 metros, Abraham Lincoln. También se hizo conocido en el campo de las relaciones internacionales. En un artículo para Atlantic Monthly, arguyó que la doctrina Monroe, la base de la intervención militar estadounidense en la región, en realidad amenazaba la paz continental. Provocó un gran debate, incluyendo duras palabras del amigo de Bingham, el ex presidente Taft358. Taft no tendría por qué preocuparse. Bingham no lo había escrito por pura simpatía hacia los países latinoamericanos; lo que sucedía era que ahora tenía experiencia de primera mano sobre cómo eran percibidos los estadounidenses en el resto 241

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