el estadounidense Robert Edwin Peary, a quien la National Geographic Society había publicitado como el descubridor del Polo Norte, y Roald Amundsen, el noruego que había ganado la carrera por el Polo Sur. Grosvenor invitó a Bingham a sentarse en la mesa principal con Peary, Amundsen y su suegro, Alexander Graham Bell. Bingham también dio el primer discurso de la noche. De corbata blanca y frac, Bingham deleitó a los 600 ilustres invitados con historias de selvas, ruinas incaicas y descubrimientos arqueológicos. Sintiéndose generoso, incluso agradeció al gobierno del Perú por haber obligado a los indios de la región a despejar Machu Picchu. Bingham se sentó en medio del estruendo de los aplausos, disfrutando alegremente de la adrenalina, los flashes y el champán. En una sola noche, estuvo «entre los descubridores de los extremos de la tierra» y llevó a su público a las alturas de la civilización andina, pasada y presente; alturas que quizá nunca volvería a escalar. Lo que jamás admitiría en público, sin embargo, era quién era el dueño de los objetos de Machu Picchu. Nunca reveló la cláusula clave del decreto gubernamental que permitió que los objetos de Machu Picchu viajaran a New Haven: que Yale tendría que devolverlos cuando el Perú así lo solicitara. El lunes posterior al discurso de Bingham, sus asistentes descargaron sus 136 «sucios y maltrechos cajones» de un tren y los escoltaron a las oficinas de Bingham en Yale. Los funcionarios del Museo Peabody dijeron que había tanto material que les resultaría difícil exhibirlo junto a los dinosaurios. «Llegaron los trofeos del Perú» rezó el Yale Daily News. Sin ironía, el periódico celebró la llegada de lo que el Perú consideraba un préstamo y lo que Yale consideraba «el botín de las tumbas antiguas en las pendientes de los Andes» 349 . Bingham no corrigió el error. Eso quizá se haya debido a que Bingham se había abocado a escribir. Dedicó la primavera a escribir el artículo de National Geographic que fijaría a Machu Picchu en el imaginario colectivo estadounidense. Grosvenor declaró que el primer borrador de Bingham era «la más extraordinaria narración de descubrimiento en Sudamérica que [él hubiera] leído»350. Grosvenor postergó su publicación de marzo a junio, y le dedicó toda la edición de abril a la historia de Bingham, aumentó la cantidad de fotos a 250 —incluyendo una hermosa vista panorámica de Machu Picchu impresa en una página desplegable— e imprimió 210 000 ejemplares, 75 000 más de los que había publicado el setiembre anterior. Al final, el artículo de Bingham, que Grosvenor tituló «En el Perú: país de 239
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