estaba, una institución alemana podría haber negociado su propio monopolio. En privado, sin embargo, admitía que el «problema» principal era que los peruanos se habían percatado de la «importancia de sus tesoros», lo cual hacía más difícil que los museos estadounidenses armaran colecciones347. No obstante, sus colegas no le creían. Consideraban que Bingham le había dado ribetes de sensacionalismo a la arqueología, y estaban horrorizados de que hubiera actuado de forma que dificultara el retorno de Yale. «[P]arece como si hubiera cometido un crimen», escribió Clements Markham, el más distinguido historiador inglés sobre los incas. El jefe de la Royal Geographic Society estaba menos sorprendido, pues había conversado con Hamilton Rice, el socio de Bingham en Venezuela y Colombia: «A Bingham lo consideramos como una suerte de fraude… [É]l mismo no está calificado para hacer ninguna exploración científica, pero sí se adjudica los méritos del trabajo realizado por sus compañeros. El mero hecho de que haya solicitado una ley tal como la que describes lo pinta de cabo a rabo» 348 . Incluso era incierto si la fallida gestión de Bingham le daría a Yale su premio consuelo: los 136 cajones con los cráneos, huesos, bronces y objetos de plata de Machu Picchu, una de las últimas colecciones de este tipo que saldría legalmente del Perú. En Navidad, ocho meses después de que el naufragio del Titanic matara a 1517 personas en el Atlántico Norte, el buque que llevaba la colección de Machu Picchu, el Turrialba, encalló en los bancos de arena de Nueva Jersey. La noticia enfermó a Bingham. Tanto había luchado por mostrar a Yale como un lugar seguro y responsable para que descansaran los muertos de Machu Picchu, para que terminen en una sepultura marítima en las costas de Nueva Jersey. Afortunadamente, la United Fruit Company le dio buenas noticias: aunque la tripulación había arrojado los plátanos de la compañía al mar para salvar a los pasajeros, el tesoro de Machu Picchu estaba a buen recaudo. Mientras rezaba para que no le pasara nada más a sus cajones en el camino a New Haven, Bingham probó por primera vez el sabor agridulce de su legado. El 11 de enero de 1913, él y su familia tomaron el tren para Washington D.C., para recibir un gran agasajo público como explorador. Aquella noche, la National Geographic Society organizó uno de los más notables banquetes en la historia de la exploración en el siglo XX. Con el título de «El primer encuentro de los polos», era el primer encuentro entre 238
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