Las tumbas de Macchu Picchu

grasnaderas, pavoncillos, guacamayas y otros mil géneros de pájaros de diversos colores pintados, y muy hermosos a la vista, las casas y buhíos cubiertos de buena paja. Hay gran número de guayabas, pacaes, maní, lúcumas, papayas, piñas, paltas y otros diversos árboles frutales y silvestres. Tenía la casa el Ynga con altos y bajos cubierta de tejas y todo el palacio pintado con grande diferencia de pinturas a su usanza que era cosa muy de ver. Tenía una plaza capaz de número de gente, donde ellos se regocijaban, y aun corrían caballos. Las puertas de la casa eran de muy oloroso cedro, que lo hay en esa tierra en suma, y los zaquizamíes de lo mismo, de suerte que casi no echaban menos los Yngas en aquella tierra apartada, o por mejor decir desterradero, los regalos, grandeza y suntuosidad del Cusco, porque allí todo cuanto podían haber de fuera les traían los indios para sus contentos y placeres y ellos estaban allí con gusto 6 . A comparación con las aún precarias ciudades españolas del Nuevo Mundo, era un paraíso. No obstante, era un paraíso condenado a perderse para siempre; los españoles no regresarían a Cusco con las manos vacías. Organizaron grupos para buscar a Túpac Amaru, sus herederos y su tesoro. La primera partida, liderada por mestizos nobles, regresó tras una semana trayendo al sobrino de Túpac Amaru, el siguiente heredero de la borla roja de la mascapaycha, símbolo de la soberanía incaica. La segunda partida, compuesta mayormente por españoles, capturó al principal general del Inca y un fabuloso tesoro de esmeraldas, plata y oro que incluía a punchao, el dorado ícono solar al que alguna vez se le rindiera culto en el templo del sol del Cusco. Portaba los corazones molidos de los emperadores fallecidos y era una suerte de arca dorada del legado histórico y religioso de los incas. Otra calamidad fue que una tercera partida retornó con los mallquis, o momias, de Manco Inca y su hijo mayor, Titu Cusi Yupanqui. Los incas momificaban a los muertos imperiales y los portaban y veneraban como si estuvieran vivos7. Su captura fue un desastre: los españoles ya habían quemado otros «ídolos» de este tipo. Los incas solo podían esperar que Túpac Amaru lograra escapar de los españoles. Mientras Túpac Amaru siguiera libre, la insurgencia podría sobrevivir durante años, como una espina constante para el gobierno español. Sin embargo, los españoles tenían una pista de que había huido río abajo, hacia el Amazonas, junto con su esposa embarazada. El comandante español envió cuarenta hombres tras ellos, liderados por un joven y ambicioso capitán llamado Martín García de Loyola, sobrino nieto 22

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