Ya era la hora. El sol superó la cresta, y los hombres empezaron a sudar. El general ordenó a los europeos e indios aliados que formaran columnas con capitanes y portaestandartes a la cabeza. Los sacerdotes bendijeron a los soldados y empezaron a marchar. El camino se elevó y se volvió más ancho, y desde ahí podían ver el río a su derecha. Una enorme escalinata incaica llevaba a un usnu, una plataforma ceremonial donde los sacerdotes rendían tributo al sol. Era media mañana, y el sol caía sobre los hombros de los expedicionarios, revelando el refugio selvático prohibido que estaba debajo de ellos. Pero Vilcabamba no era una lustrosa capital imperial llena de soldados. Estaba saqueada, abandonada y en llamas. Los españoles podían oler el humo. Quedaron atónitos. ¿Se les habría adelantado otro ejército? Bajaron a la ciudad por la larga y ancha escalinata. Se encontraron en medio de unas cuatrocientas casas de piedra, donde —aparte de los últimos crujidos de los fuegos— reinaba un inquietante silencio. Rondaron por las fuentes que aún borboteaban y subieron a la plaza principal por unas pocas escaleras. Tras plantar el estandarte real y tomar posesión de la ciudad en nombre de España, se dedicaron a explorar, clavando sus espadas en las cenizas del palacio y templo solar. Se percataron de que la ciudad había sido destruida por Túpac Amaru y sus seguidores «de suerte que si los españoles e indios amigos lo hubieran hecho no estuviera peor» 4 . Los incas habían huido a las montañas y la selva, llevándose todo lo que podían, esperando que los españoles, al verse privados de su presa, regresaran al Cusco. Se habían llevado consigo los íconos dorados del templo —ídolos, a decir de los españoles— y todos los tesoros de los incas 5 . Unos cuantos españoles, sin embargo, se sintieron conmovidos por lo que quedaba. Los incas habían construido Vilcabamba de manera que se asemejara al Cusco: tenía unos dos kilómetros y medio de ancho, pero era muy extensa a lo largo. Habían vivido bien en esta segunda capital. Criaban abejas y recolectaban su miel; asimismo, el clima cálido y húmedo les permitía cosechar maíz tres veces al año, además de caña de azúcar, yuca, camotes y algodón. Cultivaban la sagrada hoja de la coca, la cual masticaban para fortalecerse y por su ligero efecto narcótico. «[C]rían papagayos, gallinas, patos, conejos de la tierra, pavos, faisanes», prosiguió un cronista, 21
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