Las tumbas de Macchu Picchu

los españoles de vuelta a Europa en una balsa, pero podrían cortar todo vínculo con ellos. Los jefes militares destruyeron las iglesias abandonadas de los frailes, persiguieron a los conversos cristianos que quedaban, y cortaron toda comunicación con los españoles. Los capitanes incaicos lograron mantener en secreto la crisis en Vilcabamba hasta el siguiente año, cuando mataron a un enviado español que intentaba entrar a la provincia rebelde. Para la mayor parte de los habitantes del Cusco, la muerte del enviado fue una tragedia; un paso atrás a los días de la guerra entre los incas y españoles. Pese a toda la violencia de la conquista, los incas y españoles habían llegado a una cautelosa coexistencia en el Cusco. Los derechos de la nobleza incaica eran respetados, y había nacido una nueva generación de niños mestizos que disfrutaba de la nobleza de ambos mundos. Algunos españoles genuinamente reconocían que la ejecución de Atahualpa en 1533 había sido injusta, y habían guardado la esperanza de dialogar con la familia de Manco para sellar una paz duradera. Habían querido casar al hijo de Titu Cusi con la hija de su hermano Sayri Túpac para fortalecer el poder Inca en el marco colonial. El asesinato acabó con esos sueños y les demostró tanto a los españoles como a los incas que no habían progresado tanto como habían creído. Se hizo evidente que el representante del rey de España en el Perú, el virrey Francisco de Toledo, había estado preparándose para, o incluso promoviendo, una crisis semejante. Felipe II había enviado a Toledo al Perú, en parte, para resolver la cuestión inca de forma pacífica. Toledo tenía otros planes334. A inicios de 1572, antes de enterarse de los acontecimientos violentos en Vilcabamba, Toledo convocó a la nobleza inca del Cusco a la lectura pública de una historia de los incas encargada por él «con el propósito expreso de demostrar que el imperio de los incas había sido una tiranía sin atenuantes, creada recientemente por la fuerza de las armas y mantenida por medio de la despiadada explotación de sus súbditos» 335 . Al hacerlo, guardaba la esperanza de privar a Titu Cusi, a quien los españoles aún creían vivo, de los derechos y propiedades que le habían sido ofrecidos. Siguiendo la pauta de Toledo, el cronista arguyó que los incas habían sido unos usurpadores corruptos y explotadores, provenientes no del Perú, sino de la isla perdida de Atlantis. Los rebeldes de Vilcabamba eran aun peores: Manco era un «traidor» y Titu Cusi era 230

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