Interludio: TÚPAC AMARU Abajo de Vitcos, fray Ortiz tiritaba en la fría mañana, se puso las vestiduras y empezó a rezar. Cerró los ojos. Sabía que los incas lo estaban observando detenidamente. Le pidió a Dios que hiciera un milagro. Mas cuando dejó de hablar y abrió los ojos, supo que nada había cambiado. Se acercaba el fin de la temporada lluviosa de 1571, y delante de él, pálido y sin vida, yacía el cadáver del emperador Inca Titu Cusi —la última oportunidad de paz para Vilcabamba—, quien había sufrido una horrible muerte bajo el cuidado de Ortiz. Los incas apostrofaron a Ortiz por no poder resucitarlo. Ortiz les decía, convencido, que la muerte del emperador debía haber sido la voluntad de Dios. Los incas le dieron una golpiza, tras la cual le perforaron un hueco detrás de la mandíbula, le insertaron una cuerda, y lo arrastraron por las montañas al refugio religioso de Vilcabamba. No querían ejecutar sin autorización a un misionero español, así que buscaron el parecer del nuevo emperador Túpac Amaru, el hermano menor de Titu Cusi. Si Ortiz oró por su vida, se vería decepcionado. A diferencia de Titu Cusi, Túpac Amaru había sido criado por los sacerdotes de Vilcabamba, alejado de la diplomacia y del contacto con los españoles. Era devoto, inteligente y elocuente, pero dependía de los consejos de sus sacerdotes. Cuando los soldados incaicos trajeron al misionero a los alrededores de la ciudad de Vilcabamba, Túpac Amaru rehusó darle una audiencia a Ortiz, con lo cual selló su suerte. Un capitán inca usó su porra para destrozar el cráneo del español y arrojó su cadáver al camino para que fuera pisoteado. Según otros testimonios españoles, los capitanes incas enterraron después a Ortiz cabeza abajo en un hoyo profundo y le empalaron una lanza de palmera en el recto. Con la ejecución del fraile, la política inca pasó de la recelosa coexistencia con los españoles al aislamiento total. Jamás podrían enviar a 229
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