lugar donde podría adorar en paz a su dios —el sol— y a sus ancestros. Se llamaba Vilcabamba, «la pampa del sol» 2 . Pero no sería así. Manco murió y sus hijos siguieron la lucha, con el argumento de que la conquista española era ilegítima y que su familia había sido tratada injustamente. Después de años de negociaciones y escaramuzas, los españoles se hartaron de la resistencia. En abril de 1572, el virrey Francisco de Toledo anunció una «guerra a sangre y fuego». Organizó una expedición dirigida por españoles, pero apoyada por aliados indígenas y mestizos incaicos —nacidos de uniones, consensuales o no, entre incas y españoles—, quienes más que la independencia buscaban la supervivencia y el reconocimiento en Cusco. La expedición tenía tres objetivos: tomar y arrasar Vilcabamba; confiscar sus tesoros y ponerle fin a la adoración solar de los incas; y llevar al hijo de dieciocho años de Manco, que era el emperador Inca y líder religioso, de vuelta al Cusco para ser juzgado. Se llamaba Túpac Amaru, que en quechua significa «Serpiente Real», lo cual hace referencia a la serpiente gigante de dos cabezas que trae lluvia y cambios apocalípticos. Capturarlo sería difícil. Para llegar hasta este punto, los españoles habían tenido que enfrentar emboscadas en las que fueron atacados con lanzas, espinas envenenadas y enormes rocas. El paisaje se había tornado temible. Aquí, los Andes se encontraban con el Amazonas: enormes montañas daban paso a abruptos abismos, quebradas, valles tupidos de bosques y ríos que ahogaban a los incautos. Los jaguares y serpientes acechaban; las lianas y espinas rasgaban las ropas ya maltratadas por la lluvia y bruma. Los expedicionarios habían abandonado los caballos y se arrastraban por los acantilados. Los más valientes se ataban cañones a las espaldas, con la esperanza de obtener una mayor tajada del botín. Los árboles servían de refugio para colonias de feroces hormigas mordedoras 3 ; y, finalmente, estaban los incas y sus aliados ocultos, los fieros hombres selváticos que peleaban con flechas envenenadas y, según decían, devoraban los cuerpos de sus víctimas. Los incas sacrificaron cuyes para adivinar el futuro y dejaron sus cuerpos destripados en el camino para perturbar a los españoles. La expedición había llegado tan lejos solo gracias a la suerte y la oportuna deserción de algunos de los capitanes incaicos. Vilcabamba era el último reducto de los incas, y los españoles estaban seguros de que darían pelea. 20
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