sitio, decepcionó al indio. El explorador consideró que ya había recibido suficiente. Bingham apreciaba la ayuda para vaciar las tumbas de los incas, claro, pero los servicios de Richarte ya no serían de más utilidad para la expedición. Poco después, Richarte se trasladó cerro abajo, al río 329 . Apesadumbrado, Hiram Bingham regresó al Cusco para finiquitar la expedición de 1912 y prepararse para la partida. Los arrieros recibieron su paga, las mulas fueron vendidas y los 93 cajones de huesos y objetos fueron empacados para el viaje. Sintiéndose resignado, Bingham le dijo adiós a todos sus contactos, considerando improbable que Yale regresara al Perú. A su manera de ver, su único crimen había sido querer ayudar al Perú a hacerse cargo de su patrimonio arqueológico. Pero en los tres años y medio desde que había asumido esa misión en Choqquequirau, los líderes del Perú y la opinión pública habían decidido que se encargarían de proteger la historia del país ellos mismos. Los obispos le prometieron al Ministro de Educación y Justicia que prohibirían la venta de reliquias y arte religiosos. El gobierno ya le había impuesto una multa de doscientas libras a un anticuario cusqueño por intentar exportar cuarenta cajas de antigüedades a un comprador extranjero 330 . Orgulloso del Cusco, el joven Luis Valcárcel pronto fundaría un instituto histórico para proteger las ruinas de la región 331 . El consuelo de Bingham era que los cajones de Yale partirían del país sin dificultades, llenos de los objetos que Eaton y Erdis habían recolectado para la historia y la ciencia, y que Richarte y Álvarez habían recolectado por dinero y porque no tenían otra opción. Sin embargo, antes de partir se le vino la noche. La versión completa del decreto que le permitía a Yale exportar sus objetos llegó al Cusco el 19 de noviembre de 1912, y fue publicada al día siguiente. Era todo lo que Bingham podía esperar, pero contenía una cláusula muy significativa que Bingham o bien no esperaba o no detalló a sus patrocinadores: que los objetos podían salir del país, pero que el Perú se reservaba «el derecho de exigir de la universidad de Yale y de la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos de Norte América, la devolución de los objetos únicos y la de los duplicados que se extraigan y hayan extraido» 332 . En otras palabras, los cráneos, huesos y objetos de Machu Picchu le pertenecían al Perú, y cuando el Perú le pidiera a Yale que se los regresara, Yale estaba obligada a hacerlo. 226
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