Fue histórico. Era la primera vez que el Perú reivindicó la propiedad sobre las antigüedades que partían del país, reforzando ese derecho con condiciones que especificaban que debían ser devueltas. Fue un freno — menor, es cierto— al flujo al extranjero del arte y cultura precolombinos que había empezado con la conquista española. «Fue toda una experiencia con el presidente y el ministro de [Educación y] Justicia el hacerte llegar el telegrama», escribió el Ministro estadounidense, al intentar hacer que Bingham viera el lado amable del asunto. «¿Acaso no crees que bajo la construcción que le dieron a tu concesión verbal, en vista de la ley existente, que prácticamente has ganado una victoria, ya que tus propósitos son puramente científicos?» 333 Bingham no estaba de acuerdo. Había montado esta segunda gran expedición al Perú para develar la historia de los incas, era verdad, pero también para darle a Yale la base de una colección de antigüedades sudamericanas, una que debía aumentar a lo largo de los diez años en que Yale habría dirigido la arqueología del Perú. El no solo ver frustrado ese logro, sino ser el caso de prueba de la nueva política arqueológica del Perú fue la humillación última. Nunca antes había un país como el Perú puesto una condición semejante a un excavador extranjero. Aunque los contenidos funerarios de Machu Picchu estarían en Yale, el Perú podía algún día pedir su retorno, privando al museo de la universidad del núcleo de su colección sudamericana, el tesoro que Bingham le había prometido a Yale y a sus patrocinadores. Bingham estaba furioso; el Perú había vencido. ¿O no? De pronto, el que Erdis hubiera mantenido los hallazgos más finos de la expedición alejados de Gabriel Cosío, el monitor peruano, se volvió muy importante. Sin un inventario completo, el Perú no sabría lo que Yale tenía o no tenía: si tenían plata y hermosos bronces, o tan solo tiestos y fragmentos de hueso. Era algo medio mágico. Hiram Bingham había traído la expedición de 1912 al Perú para resolver el misterio de las últimas ciudades de los incas y exportar la mitad de lo que encontrara a Yale. En vez de ello, la expedición se había llevado 93 cajones que alguna vez estuvieron llenos de tocino, galletas y té, y los había convertido en ataúdes en miniatura, llenándolos con todo lo que habían excavado, desde los cráneos a los huesos a la plata y el bronce. Si el Perú alguna vez pedía los cajones de vuelta, sus funcionarios no sabrían qué esperar. Ahora quien controlaba las tumbas de Machu Picchu era Yale. 227
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