Las tumbas de Macchu Picchu

con tres ventanas, que eran emblemas de la casa de su padre, de la cual había descendido» 328 . Los resultados más importantes de aquella feliz semana fueron las 500 espectaculares fotos que Bingham tomó del sitio, incluyendo detalles y panoramas que lo mostraban en toda su gloria: piedras talladas, muros perfectamente construidos, templos que se abrían al serpenteante valle del Urubamba y fuentes en cascada. Aunque sería el fotógrafo peruano Martín Chambi el que captara el lado más reverencial y natural del sitio en la década de 1920, las fotos de Bingham capturaron completamente su civilización y majestad, y su publicación en la National Geographic Magazine consolidaría tanto la fama de Bingham como explorador como la importancia de Machu Picchu en la historia del Perú y de toda la América. La hazaña indígena que significó construir el lugar fue captada por el visor, inmortalizada en un sedoso blanco y negro; alimentando las ilusiones de Bingham en el momento en que más lo necesitaba. Sin importar lo que pasara con la concesión, Yale tuvo éxito en despejar las ruinas y darles el realce que merecían. No obstante, fue un logro que no hubiera sido posible sin la ayuda de los numerosos campesinos indígenas que habían despejado las ruinas y que ahora viajaban de vuelta al Cusco. Richarte, Álvarez y Fuentes, quienes ya estaban en casa, tenían sentimientos distintos respecto de la inminente partida de Yale. La expedición había perturbado sus vidas, y Álvarez y Fuentes estaban felices de poder regresar a sus hogares. Richarte, sin embargo, intentó obtener un último pago de Yale; parecía estar completamente convertido a la idea de ver su lugar de residencia y los objetos que escondía en términos monetarios. El 14 de noviembre, llevó a Bingham al «Salón Grande», una cueva tallada —conocida hoy como el templo de la luna— que el campesino había descubierto en la pendiente norte del Huayna Picchu el mes anterior. La ruta consistía de un antiguo y dilapidado camino incaico que atravesaba un túnel en una cueva por sesenta metros, y después ascendía verticalmente unos 210 o 240 metros hasta llegar a una serie de cuevas interconectadas bajo un gran precipicio. El alto explorador siguió a Richarte a gatas y emergió parpadeando a una cueva de veintiséis metros de largo y tres de alto, cuya pared, parcialmente revestida y moldeada, tenía un nicho y varios asientos. Richarte tenía la esperanza de recibir una pequeña comisión por haber encontrado la cueva —que contenía tan solo unas pequeñas pinzas de bronce y un brasero— pero cuando Bingham terminó de fotografiar el 225

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