todo. En vez de tener décadas para develar la historia perdida de los incas, debía hacerlo en cuestión de meses. Bingham se sentía agotado, le escribió a su esposa: «Mi cuerpo ha seguido el ritmo de los viajes que se iniciaron meses antes de que yo naciera, pero mi alma ha encontrado reposo… en tu adorado corazón» 326 . Tantas de las aspiraciones de Bingham se habían frustrado aquel año. Había tenido la esperanza de excavar en Espíritu Pampa, pero se había distraído en Lima; tampoco estaba más próximo a descubrir la verdadera identidad de Vilcabamba la Vieja. Su otra gran ilusión del año había sido la confirmación de los «huesos pre-glaciales» de la quebrada de Ayahuaycco. Bingham quería poder decir que Yale había extendido la historia humana de América en decenas de miles de años. En este punto también se vio frustrado. Ni el osteólogo de Yale, George Eaton, ni su geólogo, Herbert Gregory, confirmarían el descubrimiento, señalando que los huesos y contexto podrían ser recientes. Bingham tendría que retractarse de su más revolucionaria propuesta; un giro embarazoso que podría incluso arruinar su carrera. Tendría que llegar la década de 1920 para que los antropólogos del Smithsonian aceptaran que los pueblos indígenas habían estado en América desde la era Pleistocena, si no antes 327 . Deprimido y molesto, Hiram Bingham salió del Cusco el 5 de noviembre para ver el resultado final del único logro incuestionable del año, el despejado y excavación de Machu Picchu, la ciudad perdida de sus sueños. Soportando las tormentas eléctricas y granizadas, mareado por la altura, Hiram persistió y divisó las ruinas, ahora desnudas y «muy pintorescas», desde el camino ubicado bajo ellas el 7 de noviembre. La temporada lluviosa todavía no había derribado el puente de Heald, pero la difícil escalada lo dejó «exhausto tras los cómodos días en Lima». Cuando vio Machu Picchu despejado por primera vez, las preocupaciones de los últimos dos meses desaparecieron en un sordo rugido. Era asombroso. Anticipándose a la llegada de Hiram, Erdis les había ordenado a unos treinta o cuarenta campesinos que despejaran concienzudamente las ruinas. Libres de vegetación, Bingham podía verlas como lo hicieran sus constructores: una vista de templos perfectos, complejos palaciegos, fuentes y piedras ceremoniales, una expresión de poder imperial tan pura como ninguna en toda América. 223
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