Incluso dejó que los tiestos quedaran sucios, para asegurarse de que no «lucieran tan atractivos, y que los demás interesados no estén tan propensos a seleccionarlas» 324 . Esta era la práctica de la expedición, si bien no su política —una muy diferente de las exhortaciones públicas de Bingham en nombre de la «Luz y Verdad»—. Cuando la temporada lluviosa obligó a Erdis a ponerle fin a las excavaciones el 19 de octubre, empacó el último de los cajones y ordenó que los porteadores los bajaran al río, donde fueron recogidos por las mulas que hacían el viaje al Cusco. La vasta mayoría de estos cajones contenían huesos y tiestos, pero unos cuantos llevaban la leyenda «especial “científico”», que era el código de la expedición para indicar las piezas importantes: las rarezas de plata, bronce, hueso y piedra. Cuando estos cajones llegaron al Cusco, fueron puestos aparte. A fines de octubre, cuando Bingham temía que el Perú no permitiría que ninguno de los objetos de la expedición partiera, telegrafió a Eaton, y el osteólogo pasó un día desempacando y volviendo a empacar los especímenes para hacer un inventario. Cuando terminó, «tomó un pequeño paquete de especiales donde Mr. Gregory» —el geólogo de Yale— «para salvaguardarlos hasta que clima se despejara» 325 . El diario de Eaton no especifica si estos especiales fueron retornados al conjunto principal para que fueran inspeccionados por Cosío y el subprefecto, pero basándonos en el informe publicado de Cosío, la respuesta parece ser negativa. Cosío no vio piezas de plata; no tomó nota de ceramios completos; no mencionó los hermosos bronces incaicos ni el mango de cuchillo con el hombre pescador. Cuando Yale retiró su concesión, ya no tenía que preocuparse de que el gobierno peruano se apropiaría de sus piezas más finas, pero mantuvo su velo de secreto, quizá temiendo que sus anfitriones no estuvieran tan dispuestos a compartir si supieran que tenían mucho más que meros huesos y tiestos. Tomando en cuenta el giro sorpresivo que ocurrió a fin de año, fue la jugada más estratégica que pudo haber hecho la expedición. Hiram Bingham nunca se había sentido tan decepcionado como cuando regresó al Cusco en noviembre. La pérdida de la concesión le había afectado profundamente. Cuando llegó al Perú aquel verano, se imaginó que sería tan solo el principio de una década de excavación pausada y meticulosa de las ruinas incaicas en los alrededores del Cusco y más allá. El enojo que los peruanos le habían mostrado en Lima lo había cambiado 222
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