esculturas de piedra— fue a parar en los 93 cajones de alimentos usados por la expedición. Yale finalmente haría una lista de 5414 lotes de objetos, pero cuando lo contabilizaron en términos de fragmentos individuales de huesos y tiestos, se llegó a la cifra de 46 000 piezas. Era una selección enorme e invalorable; inestimable precisamente por su naturaleza exhaustiva. Era la única colección intacta de restos humanos y artísticos de una finca real Inca que había evitado las antorchas de la conquista española. Puesto de otra forma, Yale había ahora asumido el sagrado compromiso de hacerse cargo de las tumbas de Machu Picchu. Pero si Yale había conformado una colección tan maravillosa, que incluía hermosos objetos de plata y bronce, entonces ¿por qué Cosío no lo consignó en su informe? Porque la expedición, desde sus comienzos, contempló que llegaría el momento en que las piezas de la colección serían repartidas. Según los planes originales de Bingham, la expedición debía darle la mitad al Perú, y otro tercio a Mariano Ignacio Ferro, el «dueño» de las ruinas. Si Bingham hubiera consultado en Estados Unidos, habría descubierto cómo los arqueólogos contemporáneos en Egipto lidiaban con similares reparticiones. Para ponerlo en términos bruscos, los excavadores frecuentemente escondían o vendían objetos antes de que el Servicio de Antigüedades Egipcio pudiera hacer su inspección 323 . De manera similar, Yale tenía la práctica de guardar reserva en torno a sus mejores hallazgos, tanto para protegerlos del robo como para tener más control sobre el ulterior proceso de selección. Por ejemplo, el día en que Cosío llegó para inspeccionar las excavaciones en Machu Picchu, Erdis dio «gracias al Señor de que los huesos y tiestos que Richarte había traído estaban bastante quemados». Escribió en su diario aquella noche, «[Cosío] estaba un tanto inquisitivo respecto de si habíamos encontrado [ollas], cráneos, etc., pero lo mantuvimos a raya… Ojalá que no estuviera acá, ya que promete ser una más grande molestia que Jara», el «espía» del terrateniente. Para buena fortuna de Erdis, el tiempo que Cosío pasó en Machu Picchu coincidió con los periodos menos productivos de Richarte y Álvarez. Aun así, Erdis tomó nota de qué hallazgos Cosío vio y cuáles no. Por ejemplo, el 10 de octubre, un día en que Cosío vio a Richarte traer unos cuantos huesos podridos y tiestos, hubo un segundo hallazgo que Cosío no vio. Este incluía un cráneo mucho más fino, unas cuantas fichas verdes de piedra, y la aguja de bronce con forma de picaflor. Erdis no se arriesgó. 221
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