William Holmes, del Instituto Smithsonian, lo llamaría «uno de los más finos especímenes encontrados en América del arte antiguo del trabajo en bronce»322. Los más finos tesoros del año, sin embargo, seguían siendo las tumbas que Torvis Richarte y Anacleto Álvarez habían desenmarañado, de buena o mala gana, para la expedición. A inicios de setiembre, Richarte, que era más joven, regresó al trabajo y pronto ubicó un nuevo «cementerio» al sur del sitio, el cual reveló cráneos, aros de plata y alfileres de bronce. Richarte anunció que Álvarez había «renunciado definitivamente a la cacería de cuevas», pero quizá el dinero resultó demasiado tentador, puesto que el 19 de setiembre Álvarez regresó al trabajo. Aquella tarde él y Richarte encontraron una cueva que contenía la segunda pieza más delicada de metalurgia del sitio: una pequeña aguja de bronce con un diminuto picaflor encima, con un hilo todavía enhebrado. También descubrieron una olla rota que contenía el esqueleto de un bebé. Un curioso entierro doble revelaría dos esqueletos, uno con un collar de piedra y plata que estaba todavía «en el cuello del estimado finado», y fascinantemente, una cuenta de vidrio verde: un objeto europeo, y quizá la primera señal de que el sitio quizá siguió habitado después de la conquista. Bingham tendría que reflexionar sobre qué significaba esto respecto de su tesis de que Machu Picchu era el lugar de nacimiento de los incas. Cuando terminaron, Richarte y Álvarez habían abierto 107 tumbas, revelando los restos de unos 173 individuos. Los osos u hombres habían perturbado varias cuevas, pero la mayoría parecían estar sorprendentemente completas. Richarte y Álvarez «tenían poco motivo para perturbar las tumbas antes de que llegáramos», reconocería Bingham después. No había momias reales incas cubiertas en oro, pero a medida que el tiempo pasaba, la expedición de Yale se percataba de que había encontrado algo aún más importante: una muestra representativa de los habitantes del sitio, desde la privilegiada «sacerdotisa» al humilde, malnutrido trabajador. Para aquellos que sabían cómo leerlos, estos huesos constituían un tesoro de nuevo tipo, eran ventanas al pasado, género, dieta y causa de muerte de sus dueños. Al extraer casi todo lo que encontraban en las tumbas, sin importar cuán modesto fuera, abarcando desde humildes metales a tiestos, Richarte y Álvarez le permitieron a Yale hacer el primer informe arqueológico en la historia que estudiaba tanto a los nobles como a los plebeyos de la sociedad incaica. Todo —desde los esqueletos a la plata, pasando por las 220
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