rotos. Satisfecho, Cosío retornó al Cusco y estuvo ahí cuando Bingham regresó de Lima con la novedad de que la expedición podría exportar sus objetos después de que el observador peruano hiciera un inventario. El 5 de noviembre, Cosío y el subprefecto de Cusco vieron al osteólogo George Eaton y al ingeniero Kenneth Heald abrir once de los cajones de la expedición, todos llenos de huesos y tiestos. Al día siguiente Heald y Eaton abrieron otros más, y los peruanos «entonces pesaron el montón, y Cosío hizo una lista de pesos y contenidos»317. Cosío y el subprefecto regresaron al día siguiente para ponerles a los cajones el sello necesario para pasar las aduanas en Mollendo. No está claro si Cosío y el subprefecto revisaron todos los cajones llenados por Yale, pero en el informe que completó para el gobierno en diciembre, Cosío claramente señalaba que la expedición no había encontrado tumbas o momias sin perturbar, ni metales preciosos. Las tumbas estaban parcialmente saqueadas, y contenían tan solo cráneos y huesos humanos más «una inmensa cantidad de objetos de piedra, tiestos y champi —bronce incaico —, «aunque casi todos estaban rotos e incompletos» 318 . No se ha encontrado el inventario final de Cosío, así que es imposible especular respecto de qué tanto más detalle consignó y si había visto más de lo que dejó por escrito. Pero si su informe inicial sirve de indicador, parecería que se le hizo creer que Yale había encontrado mucho de valor científico, pero poco de excepcional. Pero Bingham había estado bregando por traer de vuelta más que meras tumbas saqueadas, tiestos y piezas rotas de bronce. Mucho más 319 . Para empezar, estaban las 52 tumbas que Eaton, Richarte y Álvarez habían descubierto entre julio y fines de agosto. Muchas estaban incompletas, pero otras claramente no lo estaban, como la de la «sacerdotisa» y todas sus posesiones materiales. En setiembre, los descubrimientos se sucedieron uno tras otro. El éxito de Yale en la segunda mitad de la temporada se debió en buena medida a los esfuerzos de Ellwood Erdis, el ingeniero estadounidense que Bingham había contratado en Lima. A sus 45 años, Erdis sabía dónde encontrar tesoros y cómo protegerlos. Hijo de un trabajador textil irlandés, Erdis había excavado minas de oro en el Yukón antes de trabajar en los ferrocarriles en Sudamérica. Al tender vías a través de los Andes, había descubierto contextos funerarios. Erdis se dio con que le gustaba la excavación arqueológica: el duro trabajo, la atención a los detalles y el 218
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