Las tumbas de Macchu Picchu

desastre. Nerviosamente, le aseguró al presidente de Yale que obtendría «más de cien cajones para el museo» 309 . Para lograrlo, aceptó que debía hacer una retirada táctica en cuanto a la concesión. El Comercio publicaba editoriales furibundos contra «un monopolio amenazador para la cultura nacional y [que significa] la pérdida para el país de los más valiosos restos de las pasadas civilizaciones peruanas» 310 . Con el Ministro estadounidense como testigo, Bingham y el presidente Billinghurst llegaron a un acuerdo: Bingham retiraría la concesión del congreso y Billinghurst dijo que prepararía un decreto «que nos daría permiso completo para exportar todo lo que pudiéramos excavar antes del 1 de diciembre», le escribió Bingham al presidente de Yale. Después de la oposición del público, resultaba una victoria sorprendente. Yale exportaría todos sus objetos, en vez de la mitad contemplada en la concesión. Había «unas cuantas condiciones menores que deberíamos poder cumplir», pero Bingham prefirió no ponerlas por escrito 311 . Bingham le escribió una carta abierta al público peruano explicando que Yale solo había pedido una concesión exclusiva por recomendación de Leguía. Yale no estaba motivada por el lucro, explicó, sino por el deseo de iluminar el progreso científico peruano, atraer turistas y viajeros al Perú y «sobre todo, de mostrar la efectividad de su lema, Luz y Verdad» 312 . Completamente exhausto, tomó un vapor al sur a Mollendo, y tomó un tren al Cusco para tener un último mes de trabajo arqueológico. El debate que dejaba atrás, no obstante, sugería que los problemas todavía persistían. Los peruanos estaban ahora al tanto del valor monetario, cultural e intelectual de su pasado. Sería difícil que los futuros arqueólogos extranjeros pudieran reclamar autoridad significativa debido al fantasma de la concesión de Yale. Además, en una edad en que los latinoamericanos estaban cada vez más preocupados por las intenciones estadounidenses en el hemisferio, el intento de Bingham de hacer aprobar un decreto con el apoyo del Departamento de Estado de Estados Unidos demostraba que sus sospechas tenían asidero: los norteamericanos deseaban controlar toda la región, desde sus minas hasta su historia. «Para nuestras riquezas nosotros nos creemos suficientes y el que quiera estudiarlas que venga a nuestro país, gaste en nuestro país, deje sus dollars en nuestro país», escribió un peruano en El Comercio. «Sería lo último que nuestro gobierno tuviera que enviar peruanos a Norte América para que 214

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx