La Plaza Sagrada de Machu Picchu, el centro de su actividad religiosa e imperial, después de ser despejada en 1912. A la derecha está el Templo de las Tres Ventanas, que para Bingham demostró fehacientemente que el sitio era Tampu Tocco, el lugar del mítico origen de los incas (YPEP, Manuscripts and Archives, Yale University Library. Fotografía de Hiram Bingham). La intensidad de la oposición sorprendió a Bingham. Durante los últimos tres años les había dicho a sus patrocinadores que el Perú alegremente seguía los designios estadounidenses en todos los temas. «No me había dado cuenta de cuánto de la grata bienvenida que siempre recibí se debía a la conocida buena voluntad que Leguía tenía hacia nosotros», le dijo al presidente de Yale. Le sorprendió la fuerza de las convicciones de los peruanos: reclamaban poder excavar y proteger las ruinas y objetos del país; y que la ubicación de estos objetos (Estados Unidos o Perú) era de importancia. Mientras que Bingham argüía con cierta validez que las energías del Perú podrían ser mejor utilizadas persiguiendo y arrestando a los comerciantes ilegales de objetos antiguos, en el fondo había sido culpable de una presunción condescendiente: que no era posible que a los peruanos les interesara su pasado indígena. Bingham estaba abrumado. Había avergonzado a Yale, al Departamento de Estado de Estados Unidos y sobre todo a sí mismo. Impulsado por partes iguales de amor propio y curiosidad intelectual, había intentado establecer a Yale como el padrino arqueológico del Perú, así como asegurarse un flujo continuo de objetos hacia el norte. Sus objetivos eran ingenua y extremadamente ambiciosos, y su reputación estaba siendo atacada. Prácticamente había prometido a sus patrocinadores una colección de objetos para el museo de Yale; regresar con las manos vacías sería un 213
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