Aquella noche, Bingham decidió que ya no podía más. A la mañana siguiente cabalgó a través de las montañas al sudeste, siguiendo la ruta que el viejo indio le había indicado hacía un año. Fuera del alcance del correo y del telégrafo, recién se enteró de que Leguía ya no sería el presidente desde el 4 de setiembre, dos semanas y media después de los hechos. Supo inmediatamente lo que eso significaba: la concesión de Yale corría peligro. Viajó a Lima «con toda la prisa que las mulas, los letárgicos trenes y después los vapores [le] permitieron», reprendiéndose a sí mismo por andar explorando en vez de hacerse cargo del acuerdo. Cuando llegó, se dio con que la concesión de Yale efectivamente estaba al fondo de la lista de favores de último minuto que Leguía debía atender. Bingham admitió su error ante el Ministro estadounidense y se preparó para convencer al siguiente presidente, Billinghurst, de la importancia del acuerdo con Yale 305 . El drama del cambio de mando hizo que Billinghurst estuviera menos dispuesto a prestar oídos. Circulaban rumores de que Leguía había dejado deudas de más de cuatro millones de libras esterlinas. Las turbas persiguieron su coche en las calles llamándole ladrón y más 306 . Cuando Bingham y el Ministro estadounidense visitaron a Billinghurst en su primer día en el poder, el nuevo Presidente se mostraba, como era de esperarse, receloso de involucrarse en uno de los acuerdos preferidos de su predecesor, uno que había sido impulsado «sin preocupación por la ley». Billinghurst dijo que quería ser amigo de Estados Unidos y que no se opondría a la concesión de Yale ahora que estaba en el Congreso. Personalmente, sin embargo, consideraba que el proyecto era una «desgracia» para el Perú. «Él sabe que el país debería hacer este tipo de trabajo por sí mismo, pero que es demasiado pobre», le explicó Bingham al presidente de Yale, sin percatarse de la seriedad de la situación: «Todo este asunto es un tanto tedioso y no es ni la mitad de interesante de lo que es la exploración» 307 . Bingham pronto se percató de que las ambiciones de Billinghurst iban más allá de simplemente deshacer las políticas del Presidente anterior. Los intelectuales peruanos estaban buscando su apoyo para ponerle un fin permanente a la práctica de dejar que los extranjeros se llevaran los objetos del país. El Ministro de Educación había firmado un decreto el año anterior que prohibía temporalmente su exportación, y los intelectuales del país querían que esto se cumpliera. Cuando Bingham revisó el progreso de 196
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