Pese a la creciente oposición, Leguía podría haber hecho aprobar el acuerdo con Yale si hubiera contado con la asistencia de Bingham en Lima. Cuando el Ministro estadounidense visitó a Leguía a mediados de agosto, este quedó estupefacto al ver que había venido sin Bingham. La concesión había estado languideciendo en su escritorio durante semanas, esperando a que Bingham la firmara303. Pensando con rapidez, pero no con claridad, el diplomático estadounidense firmó en nombre de Bingham, lo cual debe haber sorprendido aún más a Leguía. Si la concesión de Yale era tan importante como para que el diplomático estadounidense fuera capaz de firmarla, ¿dónde estaba Hiram Bingham? Poco después de la medianoche del domingo 26 de agosto, Hiram Bingham despertó en una larga y oscura casa en Puquiura, el pueblo donde había muerto el emperador Inca Titu Cusi. Sintiéndose enfermo, salió a tropezones al porche y vomitó en la oscuridad 304 . Las semanas desde su partida de Machu Picchu habían sido difíciles. Había seguido pistas a un conjunto de ruinas llamadas Llactapata, separadas de Machu Picchu por unas cuantas montañas, y subido a un increíble valle en las alturas, donde encontró diez «magníficos» glaciares que prontamente bautizó con los nombres de Alfreda, Taft, Grosvenor y otros benefactores suyos. Pero después sus guías indígenas lo abandonaron en un descampado lleno de piedras y nieve, dejando así clara su verdadera opinión respecto de su expedición. Había venido a Puquiura para volver a visitar Vitcos y excavar, pero se había encontrado con una epidemia de viruela y tifoidea que ya le había costado la vida a veintisiete de los ciento cincuenta habitantes del pueblo. Sus intentos de excavar el hermoso santuario de piedra de Yurak Rumi habían tenido tan solo éxito parcial: su equipo de obreros indígenas montaba a caballo, un privilegio que los blancos peruanos le permitían a pocos indios. «No reconocen a señor alguno», y Bingham claramente les causó una tibia impresión. Obedecieron de mala gana las órdenes impartidas por un blanco local para ayudar al explorador a drenar el oscuro estanque de agua bajo el santuario. En el lodo encontraron nueve enormes asientos de piedra, pero ningún objeto arqueológico. A la mañana siguiente se comportaron de manera abiertamente «insolente» hacia Bingham, sintiéndose en libertad de demostrar su descontento en formas impensables para los indios más cercanos al Cusco. Al final del día, el único tesoro que le entregaron fue el pedestal de una solitaria olla cerámica. 195
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