cuando menos. Cuando el Congreso se reuniera en julio, aprobaría la concesión de Yale. Bingham dejó el trámite del acuerdo en manos del ministro estadounidense y sus amigos en la Peruvian Corporation, la poderosa compañía británica que hacía negocios con los ferrocarriles peruanos, y partió a explorar 298 . Sin embargo, la situación empeoró. Los seguidores de Billinghurst eran tenaces. Era la primera visita de Valcárcel en Lima, pero ello no le impidió convocar a los estudiantes de la universidad más prestigiosa de Lima con historias de la lucha contra Núñez en el Cusco. Les exhortó a que oyeran las palabras de Nietzsche: «Yo no os aconsejo el trabajo sino la lucha. Yo no os aconsejo la paz sino la Victoria. Que vuestro trabajo sea una lucha, que vuestra paz, sea una Victoria» 299 . Cuando circularon rumores de que Núñez le había pagado a una turba para que mataran a Valcárcel en cuanto regresara al Cusco, aquel fue destituido por Leguía300. Núñez retó a Valcárcel a un duelo, el cual el joven intelectual evitó por poco, pero el daño al gobierno de Leguía ya estaba hecho. El 19 de agosto, Valcárcel se unió a los vítores de los miembros del movimiento de oposición cuando el Congreso eligió a Billinghurst como presidente en setiembre. La victoria de Billinghurst despertó expectativas de numerosas reformas, incluyendo la de la arqueología de la nación. Mientras estuvo en Lima, Valcárcel se hizo amigo de Juan Bautista de Lavalle, el joven presidente de la Sociedad Protectora de Monumentos, la organización que había impulsado la prohibición de exportación de objetos que había sido aprobada el año anterior301. Juntos, exhortaron a los delegados del Congreso Estudiantil Panamericano a que apoyaran leyes en sus países de origen que protegieran a los monumentos del saqueo 302 . Pero no había tan solo pasión juvenil. El anciano presidente del Instituto Histórico de Lima, don Eugenio Larrabure y Unanue, quien durante años se había quejado de la pérdida de objetos ante museos extranjeros, había enviado su propia ley al Congreso en julio. En su propuesta, pedía una prohibición permanente a la exportación de objetos de interés arqueológico o anticuario. Los museos extranjeros ya tenían suficientes muestras de arte peruano. Los peruanos ahora tenían que ver su historia como un compromiso sagrado, que los objetos valían más que el dinero y que su comercialización estaba destruyendo la evidencia arqueológica del país. 194
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