Las tumbas de Macchu Picchu

Antes de que llegara la expedición, los residentes de Machu Picchu aparentemente creían que los restos serían respetados. Su participación en la remoción de los huesos les acarreó una maldición o, peor aún, acabó con el significado espiritual que alguna vez poseyeron. Al acercarse la fecha de la partida de Eaton, el osteólogo tuvo una desconcertante y breve revelación de lo que la expedición había hecho. Una tarde a fines de agosto, Richarte y Álvarez estaban excavando una roca por encima de las ruinas cuando descubrieron una tumba con dos cuerpos cuyos ligamentos de las rodillas seguían intactos. Estaban tan bien preservados, pensó Eaton, que podrían haber sido enterrados veinticinco años antes. ¿Se habrían agotado las tumbas «antiguas», con el resultado de que el aliciente del dinero de Yale habría llevado a Richarte y Álvarez a las más recientes? De ser así había muchos precedentes: antropólogos de fines del siglo XIX habían hecho fortuna excavando tumbas indígenas recientes en el Oeste estadounidense y enviando los restos humanos a museos en el Este 291 . Había menos precedentes en cuanto al hecho de que los excavadores de Eaton eran indios también, y que estaban intentando separar sus creencias del perturbador trabajo que al que se les obligaba292. Cuando Eaton extrajo la momia de la cueva, los indios hicieron algo que lo perturbó aún más: le pidieron trozos de los tejidos secos de la momia. Dijeron que lo añadirían a sus guisos para tener buena fortuna. A sus lectores posteriores, Eaton sugirió que esta era la supervivencia de una «antigua y salvaje superstición» que rayaba en el canibalismo 293 . En su diario escribió que creyó que quizá le estaban tomando el pelo. Pero a pesar de todo les dejó quedarse con el ligamento. Pocos días después, en su diario, Eaton les dio a sus guías nativos un nuevo apodo, que hacía referencia a uno de los capítulos más desagradables de la historia de la ciencia: —uno que ya no se sentía tan distante—: «mis dos fiables “resurreccionistas” Richarte y Álvarez»294. Los «resurreccionistas» eran aquellos ingleses y estadounidenses que en los siglos XVIII y XIX se metían de noche a los cementerios a desenterrar los cadáveres frescos de los pobres, con el fin de que los jóvenes doctores y científicos pudieran aprender sus profesiones por medio de la disección y experimentación ilegal. Era una broma de Eaton, pero enmascaraba una realidad más amplia relacionada con las expediciones peruanas de Yale. Bajo la dirección de Bingham, la expedición le había insuflado vida a Machu Picchu, 190

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