imaginó que su dueño lo habría usado como un espejo o para encender fuegos. A esto se sumaba un par de pinzas y los restos de un perro. Y en el centro de la tumba, había un esqueleto humano casi completo, sentado erguido con las rodillas presionadas contra el pecho. Parecía ser mujer, y sobre sus hombros estaba colocado un chal basto, que alguna vez estuvo enganchado con un tupu, un alfiler con una cabeza plana y redonda. A sus pies estaban las delicadas florituras de su calzado de cuero, que los indios decían ser muy antiguos. Eaton concluyó que la mujer era una «sacerdotisa» y que la terraza «debe haber sido un lugar de descanso ideal para el Inca y sus consortes reales durante sus visitas a Machu Picchu, o en otros momentos, para los sacerdotes y sacerdotisas del Sol y la Madre Superiora del Acclahuasi [sic], o casa de las vírgenes del sol» 289 . Para Eaton, era hermosa. A los hombres que tuvieron que empacarla en los cajones de comida de la expedición, sin embargo, aparentemente les resultaba repulsiva. Pocos días después, Richarte llegó al trabajo sin Álvarez. El indio más joven le dijo a Eaton que su vecino estaba abajo en el río, padeciendo alguna vaga enfermedad en su miembro viril. Cuando Álvarez no apareció al día siguiente, Eaton se enteró de que su problema eran «sus testículos, y que los otros indios decían que el problema había sido causado por los espíritus de los incas muertos cuyas tumbas Álvarez ha estado saqueando». Los otros indios creían que Álvarez, Richarte y la expedición de Yale habían sido los blancos de una maldición. Todo esto, sin embargo, le resultaba entretenido a Eaton. «Richarte, menos piadoso que los demás, dice que si los incas muertos le causan algún problema en sus partes privadas, abrirá todas las tumbas y destruirá todos los huesos que pueda encontrar», escribió en su diario. «Espero que Álvarez no intente destruir los espléndidos cráneos que he recolectado. ¡Si lo intenta, tendrá otros problemas de los cuales lamentarse!» 290 Eaton dejó de reírse cuando Richarte también desapareció. Después de una semana Eaton se preguntaba dónde estarían sus «huaqueros». Sin ellos, la excavación de los entierros se detuvo, y Eaton se pasaba los días empacando y volviendo a empacar los huesos en cajas. Cuando finalmente regresaron el 14 de agosto, Eaton concedió que había subestimado sus angustias. «Álvarez y Richarte se aparecieron para trabajar esta mañana, pero no parecían estar muy ansiosos por buscar tumbas. Quizá sí están un poco asustados de los espíritus». 189
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx