quienquiera termine en último lugar en la carrera por el premio probablemente considera que el trabajo de su competidor es una profanación injustificable» 288 . Para Eaton, tanto saquear tumbas como la arqueología estaban en el mismo espectro, dividido por una línea arbitraria convenientemente llamada ciencia. Eaton tenía una definición mucho más amplia de la palabra «tesoro» que la que tenía Bingham. Eaton era un científico de pura cepa, y en estas sencillas «tumbas indias» él vio mucho más que tiestos y huesos rotos. En ellas veía los humildes restos de todo un pueblo. Mientras examinaba cráneo tras cráneo, dedujo que pertenecían a los sirvientes del lugar. Era poco probable los enterraran con muchas posesiones, pero mantenían su valor como especímenes humanos. También postuló una explicación para los huesos entremezclados que iba mucho más allá de ser el simple resultado del saqueo de tumbas: habrían sido sacados y venerados por los descendientes de los muertos. Así inspirado, Eaton siguió abriendo tumbas. Su interés en todo lo que contuvieran hizo que la colección fuera invalorable, guiando a Bingham a una conclusión dramática respecto de la identidad del sitio. Eaton habría logrado poco, sin embargo, sin Richarte y Álvarez (Fuentes, que era mayor, solo se aparecería a trabajar ocasionalmente). A lo largo del mes siguiente, llegaban cada mañana para escoltar a Eaton a las tumbas que habían encontrado el día anterior. Mientras Eaton tomaba apuntes, buscaban en los hoyos y sacaban a los escorpiones. Señalaban los huesos en los cuales habían crecido helechos, los cráneos que estaban sujetados a la montaña por raíces que atravesaban las cuencas de los ojos. De las pendientes cerca de Huayna Picchu se trasladaron al sur a lo largo del lado oriental de los montes hasta que llegaron a las alturas ubicadas sobre la parte principal del sitio. Para fines de agosto le habían mostrado a Eaton 52 cuevas funerarias, el inicio de una colección que atormentaría a Yale por casi un siglo. Una mañana, Richarte y Álvarez llevaron a Eaton a una terraza ceremonial bien construida ubicada a unos 300 metros por encima de la sección sur de las ruinas. Tenía escalinatas a ambos lados y estaba protegida del sol por una roca enorme. Ahí excavaron su vigésimo sexta tumba, que reveló uno de los descubrimientos funerarios más significativos del año. Había dos ollas con forma de botella en perfecto estado y un plato roto con un pie. También había varios alfileres de cobre, una aguja y un curioso disco de cobre con una manija. Eaton después se 188
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