paulatinamente: había unos cuantos ceramios y pudieron ver por primera vez a los antiguos habitantes de Machu Picchu —un cráneo y unos cuantos huesos— sentados en posición fetal, como era el caso con la mayoría de los entierros andinos. Eaton después concluiría que los restos pertenecían a una mujer de unos 35 años de edad. En una segunda cueva, Bingham encontró los fragmentos de dos cráneos humanos. En la tercera, Eaton recuperó un cuerpo con un cráneo alargado: un caso interesante de modificación craneana precolombina. De otra tumba, Eaton extrajo otro esqueleto y una olla con dos asas, de cerámica roja, en perfectas condiciones. Una cueva más reveló fragmentos de seis cráneos. Bingham abrió otra cueva funeraria más, que contenía dos cráneos humanos y una olla rota. Bingham estaba decepcionado. Sabía que la arqueología incaica rara vez daba con tumbas llenas de oro y plata, pues los incas transportaban sus riquezas con sus momias, y los españoles habían capturado tanto lo primero como lo segundo. Tenía la esperanza de que Machu Picchu hubiera evadido la conquista de alguna forma, o que quizá podría encontrar cuando menos bronces o ceramios que valiera la pena exhibir. En vez de ello, estas primeras tumbas no contenían «nada», según escribió en su diario, especulando que unos «cazadores de tesoros» habían llegado ahí antes. Machu Picchu podría brindar sorpresas aún, pero tan solo por medio de la atención a los detalles que le resultaban tediosos. El 29 de julio, Bingham recogió sus alforjas para continuar con lo que hacía mejor: cabalgar entre crestas nevadas y valles selváticos en busca de más pistas respecto de la ubicación de Vilcabamba la Vieja, el último refugio de Titu Cusi y Túpac Amaru. Dejó a Eaton a cargo. Cuatro años mayor que Bingham, Eaton también era un egresado de Yale, pero no se tomaba las cosas con tanta seriedad. Remilgado y dispuesto a todo, culto y gracioso, Eaton se entretenía haciendo referencias a dramas franceses en sus monografías. Se refería al pan duro como «panecillos preincaicos» y a los mosquitos como «especímenes entomológicos nocturnos». Bajo un sombrero porkpie de banda ancha y un bigote oscuro y afeitado a la moda, mordía su pipa y la encendía usando una lupa y el sol andino. A diferencia de Bingham, él veía a la expedición de Yale, a sí mismo y a la ciencia de manera un poco más irónica: «Saquear tumbas es, en el mejor de los casos, una empresa impía. El colector de huesos científico sin duda tiene mejores intenciones que el cazador de tesoros, pero ambos siguen, en parte, el mismo curso, y 187
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