embargo, escogió a los indios que conocían mejor la zona. El agente del terrateniente, Jara, le explicó a los agricultores Álvarez, Richarte y Fuentes que habían sido designados —como señaló más adelante Eaton— como los «huaqueros» de la expedición 285 . Esto era pedir demasiado a los tres agricultores. Como reconoció luego Bingham, los tres granjeros creían que «sus cosechas podrían tener una cierta mala suerte si profanaban los huesos de los antiguos habitantes que se encontraban enterrados en las zonas circundantes»286. En vez de ayudar a la expedición, regresaron a la tienda de Bingham con las manos vacías durante dos días seguidos. Bingham intentó otra táctica. Convocó a los trabajadores indígenas cuzqueños y les dijo que les daría un sol, equivalente a medio dólar, «a quien le diera la ubicación de una cueva que contuviera un cráneo, la cual debían dejar tal como la encontraron, para poder ver al cráneo en su posición original». Al final del día, los indígenas del Cusco regresaron «hechos jirones y arañados por los matorrales y junglas, y frustrados por los precipicios de Machu Picchu». Richarte, Álvarez y Fuentes, sin embargo, anunciaron que habían encontrado ocho cuevas funerarias y que querían ocho soles. Esto le hizo mucha gracia a Bingham, quien creyó que los peruanos habían estado meramente esperando obtener beneficios adicionales por encima de sus sueldos. Es una posibilidad, pero es igualmente posible que Richarte, Álvarez y Fuentes hubieran tomado una sencilla decisión: podrían dejar que los indios del Cusco ganaran dinero al profanar tumbas que malograrían sus sembríos, o podían reportar las tumbas ellos mismos, hacerse del bono en efectivo, y esperar ser perdonados. El 24 de julio, exactamente un año después de que el hijo de Richarte hubiera guiado a Bingham a Machu Picchu, Richarte llevó a Bingham y a Eaton a las tumbas de la localidad. Los indios abrieron paso a través de la selva en un área ligeramente por debajo de las ruinas al noreste. La vegetación era tupida, y tenían que «escurrirse cual serpientes a través de la selva cuando la fétida vegetación no era tan densa como para requerir el uso vigoroso de machetes» 287 . Los guías hicieron un alto y señalaron una piedra grande e irregular, casi invisible en la maleza. Bajo esta había una pequeña pared en forma de cuña, de 1,2 metros de largo y 0,6 metros de alto, hecha de piedras pequeñas y toscas. Los estadounidenses se pusieron de rodillas y empezaron a sacar las piedras. El interior se hizo visible 186
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