Mientras tanto, sin embargo, la atención de Bingham se enfocaba en Machu Picchu. Dar discursos sobre la «Luz y Verdad» en Yale o la Universidad del Cusco estaba muy bien, pero era momento de poner manos a la obra. El primer punto era reivindicar las ruinas en nombre de la ciencia. Ordenó que todos los indios, menos uno, se dedicaran a despejar la gruesa maleza que cubría los muros de los edificios. Había árboles que habían «echado raíces en los vértices de los gabletes de las pequeñas y hermosas casas». Bingham quería que las ruinas se vieran como si los incas hubieran retirado los techos hacía pocos días. Es cierto que la expedición debía hacer planos arquitectónicos, pero Hiram también deseaba que Machu Picchu luciera espectacular para las fotos que pronto tomaría. Mientras en las montañas se oía el crujir de la quema de casi 400 años de maleza selvática, Bingham envió a otro trabajador a una tarea especial que le tomaría un día entero: borrar los «rústicos autógrafos de carbón» de los visitantes peruanos anteriores, entre ellos el del ahora fallecido Agustín Lizárraga284. Para Bingham constituían grafiti. Quizá también podrían haber sido un irritante recordatorio de que no había sido el primero en visitar Machu Picchu. El 22 de julio la expedición empezó a excavar con empeño. Bingham tomó fotos, dejando el trabajo pesado a seis indios del Cusco y al mordaz ingeniero estadounidense que había contratado en Lima, Ellwood C. Erdis. Empezaron con la plaza sagrada: Bingham tenía la esperanza de que Machu Picchu ocultara un rico tesoro o un entierro de algún tipo. Excavaron con picos y palas bajo el altar labrado del templo monolítico en el sector norte, pero encontraron tan solo una base de rocas. «[Encontramos] varios hoyos interesantes en los cuales entran las palancas en su totalidad, pero todo el trabajo es en vano», escribió Bingham en su diario. Bajo el templo de las tres ventanas —lo que para Bingham constituía la «evidencia» de que Machu Picchu era el lugar de origen de los incas— encontraron una tumba con forma de botella, pero también estaba vacía. Aparentemente, ni Machu Picchu había sido inmune al saqueo. Era hora de ampliar el radio de acción de la expedición. Mientras Erdis y sus hombres despejaban ruinas, Bingham se enfocaría en los machays, o entierros, del sitio, tal como había hecho en Choqquequirau. Para dirigir su apertura disponía del osteólogo que Yale había enviado para confirmar los huesos glaciales en el Cusco, George Eaton. Para encontrar las tumbas, sin 185
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