Las tumbas de Macchu Picchu

entregaría la mitad de todo lo que descubriera al Museo Nacional del Perú y podría exportar el resto a New Haven 272 . Como diplomático y egresado de Yale, Taft miró con muy buenos ojos la idea de Bingham y le indicó al Departamento de Estado que extraoficialmente le brindara «toda la ayuda posible»273. El diplomático estadounidense en Lima informó que al presidente Leguía le gustaba la idea, considerándola como una manera de ganarse la buena voluntad de los diplomáticos y empresarios estadounidenses. Las «inhibiciones impuestas por las leyes existentes» eran complicadas pero podrían ser evitadas; si Bingham redactaba el acuerdo, Leguía no solo lo haría aprobar por el Congreso, sino que también haría que los privilegios de la concesión fueran «exclusivos», haciendo de Yale el único excavador autorizado en el Perú. Leguía aducía que había universidades y museos europeos que estaban dispuestos a comprar o conseguir derechos similares, pero que él quería que este privilegio y deber recayera en una única y responsable universidad estadounidense como Yale 274 . Si Bingham estaba de acuerdo, Yale tendría lo que en realidad sería un monopolio para excavar y exportar el pasado indígena del Perú durante diez a veinte años. La oferta causó nerviosismo en Yale. La cláusula de exclusividad le daba un aura comercial al acuerdo, como si Leguía estuviera dando en concesión las antigüedades del país de la misma forma como ya lo había hecho con sus intereses mineros. En el Perú podría dar la impresión de que Estados Unidos estaba llevando a cabo un colonialismo tan solo levemente disfrazado; en Estados Unidos podría creerse que Hiram estaba activamente impidiendo que otras instituciones de buena reputación exploraran en el Perú, lo cual no era muy bueno para la ciencia 275 . Leguía se impuso al asegurarle a Bingham que era la única forma de que los derechos de Yale fueran respetados. Mientras Leguía esperaba que el Congreso del Perú retomara sus sesiones, Bingham y su expedición podrían empezar a trabajar en el entendido de que la mitad de los tesoros de Machu Picchu iría a Yale al final de la temporada y la otra mitad se quedaría en el Perú. Bingham podría haber pensado que no había razón para preocuparse, ya que la política peruana era aristocrática y no democrática, de manera que la palabra de Leguía era la ley. Despejado el camino, Bingham terminó de organizar la «Expedición peruana de 1912 bajo los auspicios de la Universidad de Yale y la National Geographic Society». Con veinticinco mil dólares —bastante más de 179

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