medio millón en dinero actual— convocó a un nuevo equipo para excavar en Machu Picchu y confirmar el descubrimiento más controvertido del año previo: los «huesos glaciales». La National Geographic anunció la expedición en el preciso momento en que el entusiasmo estadounidense y europeo por la exploración llegaba a su gran apogeo de la preguerra. En marzo, el noruego Roald Amundsen anunció que había llegado al Polo Sur antes que el inglés Robert Falcon Scott, y el mundo estaba en vilo mientras esperaba enterarse de lo que le había pasado a Scott. Cuando Bingham partió el 16 de mayo, el New York Times declaró que para el final del verano «más de cien expediciones dignas de atención de todos los centros de investigación importantes de Estados Unidos y Europa» estarían explorando, excavando y cazando en Sudamérica, el Ártico, el Congo y Egipto. Visto en retrospectiva, el subtexto racial inherente a la celebración del Times era incómodamente obvio: el periódico declaró que jóvenes y viriles hombres de Harvard y Columbia estarían trabajando para «borrar todos los espacios negros y oscuros del mapa». Se elogió de manera especial a Yale, sin embargo: «Los ojos de todo el mundo científico están, quizá, más dirigidos a este campo en especial que a ningún otro en el mundo, ya que es en el Perú donde se espera que sean revelados algunos de los misterios en torno a la ascendencia del hombre»276. Fue en tales tonos celestiales que Hiram Bingham se imaginó su regreso a Machu Picchu. Pero, tal como le hizo recordar Gilbert Grosvenor, Hiram tenía una responsabilidad más terrena con sus financiadores en New Haven: «todos esperamos que puedas excavar y traer de vuelta un gran cargamento de antigüedades para tu museo en Yale» 277 . 180
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