la Universidad de California en San Francisco257. Si la expedición de Bingham lograba combinar ambos campos en un solo paquete —la hazaña nacionalista de la exploración blanca y la nostalgia romántica por los indios americanos— podría ser una de las noticias más sensacionales del año. El Metapan atracó, y por la plancha bajó un explorador alto y bronceado, llevando del brazo a su pequeña y maternal esposa mientras su segundo hijo, Alfred, iba detrás de ellos. Hiram se había reunido con ellos en Panamá, y Alfred después recordaría a sus padres observando la «amplia vista del Pacífico… mientras se daban el abrazo más amoroso que él hubiera visto hasta entonces y que no ha vuelto a ver jamás»258. Colmado de dicha familiar, Hiram divulgó entonces las noticias que alimentarían los titulares. Coropuna era un bonito y simbólico pie de página —las banderas de Yale y de Estados Unidos ahora flameaban a 6858 metros de altura en el Perú— e incluso el palacio rebelde de Manco en Vitcos recibió poca atención, a pesar de ser el único sitio cuya identidad Bingham había confirmado con certeza. Las rústicas construcciones de Espíritu Pampa no fueron ni mencionadas, ya que el plato principal, entonces y por siempre, sería Machu Picchu, lugar que Bingham identificaba con la magnífica ciudadela de Tampu Tocco, construida por un «pueblo megalítico» del cual los incas supuestamente descendían. Bingham no hizo referencia a las pistas que obtuvo del antropólogo de Harvard, William C. Farabee, ni a la ayuda de Carlos Romero y sus archivos, ni al hecho de que las ruinas de Machu Picchu eran conocidas en la región. En cuanto a las familias indígenas que ya vivían en las ruinas, Bingham los desestimó como «cultivadores de maíz, [que] parecían saber poco sobre los templos alrededor de los cuales plantaban sus cosechas… Provenían de un linaje distinto del de quienes construyeron los templos y tan solo tenían vagas leyendas respecto de estos»259. Entusiasmada, la prensa le atribuyó el mérito del descubrimiento del magnífico Machu Picchu exclusivamente a Bingham. Los reporteros corrieron de vuelta a sus máquinas de escribir y redactaron la historia que haría de Bingham una celebridad. «Exploradores descubren una ciudad del pasado», anunció un titular. Si bien Ishi y los «plantadores de maíz» del Perú eran lo que los estadounidenses querían ver del presente indígena —cazadores casi «extintos» o agricultores «degenerados» y «brutos»— los incas y preincas eran la manifestación de 175
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