Uno puede imaginarse a Bingham casi dejando caer el libro al recordar que el templo de Machu Picchu tenía tres ventanas. Markham creía que el peregrinaje de Manco Cápac estaba basado en un acontecimiento histórico real, ocurrido alrededor de 1100 d.C., y que Tampu Tocco estaba ubicado al sur del Cusco. ¿Pero podría acaso estar al norte, hacia la selva? ¿No podría Machu Picchu ser Tampu Tocco? ¿Había emprendido la búsqueda de los últimos días de los incas para terminar descubriendo su punto de origen? Declarando victoria precozmente, Bingham lo consideró como otro posible logro en lo que ya era un año estelar, con los descubrimientos de Vitcos, de los huesos glaciales y ahora de Machu Picchu. Esta última posiblemente era la cuna de algo mucho más valioso que el oro: el inicio de la historia del gran imperio precolombino de América. Comparado con tales logros, los últimos dos meses de la expedición de 1911 resultaron ser un anti-clímax. El lago Parinacochas era poco profundo, y el monte Coropuna no era lo suficientemente alto como para ser el «Ápice de América», como lo había tildado esperanzadamente Bingham. En diciembre, Bingham presentó sus descubrimientos arqueológicos a la Sociedad Geográfica de Lima: Carlos Romero pudo haber celebrado, al ver el buen uso que se le dio a las pistas que había obtenido de los archivos. Max Uhle, el arqueólogo alemán que dirigía el Museo Nacional del Perú, estaba mucho menos contento, y partió del Perú a fin de año. Bingham viajó a Estados Unidos para publicar sus hallazgos, pensando aprovechar el entusiasmo que resultaría de ello para organizar una nueva expedición, que esta vez estaría articulada en torno a un compromiso más activo con la historia peruana que consistiera en excavar, no en explorar. Para hacerlo, sin embargo, necesitaría ayuda. Mandó entonces un telegrama. El 21 de diciembre de 1911, los vocingleros reporteros de los mejores diarios de Nueva York —El Times, el Sun, el American de William Randolph Hearst— aguardaban en un muelle repleto, intentando ser los primeros en entrevistar a Bingham en cuanto arribara el Metapan de la United Fruit Company. Había sido un gran año tanto para la antropología como para la exploración, y la historia de Bingham sonaba prometedora en ambos campos. La primavera anterior, el explorador noruego Roald Amundsen y el británico Robert Falcon Scott empezaron su carrera al polo sur. En agosto, hombres blancos habían capturado al «último hombre piel roja libre que quedaba», un Yahi llamado Ishi, en las estribaciones de las montañas de la Sierra Nevada, a quien le dieron una cama en el museo de 174
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