García la odiaba. Yurak Rumi era el hogar de «un Demonio capitán de una legión», le decía a su grey; adorar la piedra constituía idolatría249. García veía enemigos en todas partes. Para fines de 1569, creía que los lugareños intentaban envenenarlo, e intentó huir al Cusco. Titu Cusi se enfureció al enterarse. Nadie partía de su reino sin autorización suya. Sus soldados capturaron a García, y Titu Cusi reprendió severamente al misionero. Ortiz acudió a defender a García, sin embargo, y Titu Cusi se ablandó y les ofreció una señal de confianza sin precedentes: los llevaría a la mismísima Vilcabamba, un privilegio que le había sido negado a todo español desde que los Pizarro asesinaron a Cura Ocllo en 1539. Los frailes aceptaron en el acto, ya que Vilcabamba era donde residía el ídolo solar de Punchao y desde donde Titu Cusi dirigía la religión solar de los incas. Los misioneros lucharían con el diablo en su guarida. Sin embargo, Titu Cusi les negaría el gusto. Había empezado la temporada lluviosa, y les tomó varios días llegar al siguiente viaje desde Puquiura a Vilcabamba por caminos serpenteantes y llenos de lodo. Mientras que el Inca viajaba en andas, García y Ortiz tiritaban y se resbalaban en el camino inundado. «[E]l uno al otro se davan las manos mientras los sacrílegos davan gritos de risa», otro agustino escribiría después250. Una vez ahí, Titu Cusi los alojó fuera de la ciudad. Cada noche, les enviaba bellas mujeres para tentarlos. Las mujeres usaban largas batas, que los frailes creyeron ser blasfemas parodias de sus sotanas, pero que probablemente eran simplemente la vestimenta de los indios selváticos 251 . Lo más humillante fue que Titu Cusi no les permitió entrar a la ciudad misma y les prohibió observar los ritos religiosos diarios de los incas, así como hacer proselitismo entre su gente. Mientras estuvieron ahí, Titu Cusi le dictó una emotiva carta a Marcos García, enumerándoles a los españoles las muchas vejaciones sufridas por su familia y explicando por qué había mantenido la independencia de Vilcabamba. Incluso él tenía límites. Sin embargo, García e incluso el afable Ortiz habían llegado también a sus límites. Caminaron de vuelta a Puquiura por su propia cuenta, discutiendo en el camino. Si no podían predicar en Vilcabamba, harían una muestra incluso más audaz de su fe. Convocaron a sus conversos y les repartieron leña. Hicieron una procesión, con los frailes a la cabeza. Tras una cruz, tambaleante en el cielo, cruzaron el río cantando y treparon por un valle angosto, exuberante y umbroso, tranquilizado por el susurro de los 168
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