años, Titu Cusi tenía un cuerpo robusto y la cicatriz del ataque de los españoles era todavía visible. Saturnino de carácter —reía y montaba en cólera con facilidad— se comportaba como un verdadero señor. Vestía con hermosas túnicas, máscaras de oro y plata y lideraba una religión solar revigorizada. Cuando un enviado español fue para negociar su salida de Vilcabamba, Titu Cusi lo rechazó. Fomentó rebeliones e incursiones entre los indios de todo el Perú. En cuanto a temperamento, era el verdadero heredero de su padre. Y aun así, había percibido algo del genuino remordimiento que los españoles sentían por el tratamiento que recibió su familia. Con la ayuda de un traductor mestizo llamado Martín Pando y aprovechando que el rey Felipe II deseaba la paz, defendió la posición de su padre emotivamente. En 1567, Titu Cusi obtuvo un acuerdo que lo perdonaba, le daba tierras cerca del Cusco y un estipendio, y le garantizaba el matrimonio de su hijo con la hija de Sayri Túpac, lo cual fortalecería la línea imperial. A cambio, renunciaba al reclamo sobre la totalidad del Perú, suspendía las incursiones guerreras y contemplaba la posibilidad de abandonar Vilcabamba, pero sin renunciar al derecho a existir del santuario. Lo que resultó fatídico fue el permiso que Titu Cusi concedió a los misioneros a predicar entre su gente. A pesar de que ser el líder de la religión solar de los incas, permitir el cristianismo podía significar un camino intermedio. En cambio, al ignorar el consejo de su padre, les dio a los españoles la oportunidad que estos deseaban. Los dos misioneros agustinos que fueron al reino de Titu Cusi no podían ser más disímiles entre sí. Diego Ortiz, que había llegado en setiembre de 1569, se hizo amigo de Titu Cusi, pese a que el emperador rechazó renunciar a sus múltiples esposas y a adorar al sol. Titu Cusi llegó a querer a Ortiz como a un hermano y lo colmó de comida y regalos. Con sus curaciones, y no con sus sermones, el bondadoso fraile se ganó la confianza de sus feligreses, y su grey pronto creció. El problema era la contraparte de Ortiz. Marcos García había fundado su iglesia en Puquiura el año anterior. Pronto dejó de ser bienvenido. García golpeaba a los jóvenes que tenía bajo su cuidado cuando los encontraba «practicando idolatrías», y clamaba contra las festividades y poligamia del Inca. Peor aún, Puquiura estaba a tiro de piedra del templo de Chuquipalta y «el principal santuario de estas montañas», la enorme piedra blanca de Yurak Rumi, esculpida y colocada sobre oscuras aguas. 167
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