Las tumbas de Macchu Picchu

forzados a dispersarse. El emperador cruzó el río a nado, con los españoles a sus espaldas. «¡[Y]o soy Mango Inga!» vociferaba. «¡[Y]o soy Manco Inga!» La expedición prendió fuego a Vilcabamba y raptó a Cura Ocllo, quien se cubrió el cuerpo con heces para evitar ser violada durante la larga marcha de vuelta al Cusco. Pizarro intentó usarla como moneda de cambio en las negociaciones con Manco, hasta que este asesinó a sus emisarios, enfureciendo al conquistador. Se le aplicó la pena de muerte a la esposa del Inca. Los grandes enemigos de los incas, los cañaris de lo que hoy es Ecuador, la desnudaron y golpearon, pero nunca lloró o gimió. Finalmente bramó: «¿en vna muger bengais vuestros enojos? ¿Qué mas hiziera otra muger como yo?; dados priesa a acabarme porque se cunpla vuestro apetito en todo» 246 . Ella misma se vendó los ojos. Los cañaris la llenaron de flechas y mandaron su cuerpo por el río Urubamba para que sirviera como mensaje. Los incas la encontraron y la llevaron donde Manco, quien por «[l]a muerte de su mujer, tan triste y desesperada, lloró e hizo grandísimo sentimiento por ella, porque la quería mucho, y fuese con esto retirando hacia el asiento de Vilcabamba» 247 . En su dolor, Manco empezó a pensar en los parientes que aún vivían. Mandó mensajeros al Cusco a que trajeran de vuelta a su hijo mayor, Titu Cusi, quien estaba bajo el cuidado de un español de buen corazón. Tuvieron un cálido reencuentro y luego siguieron las noticias de los dramáticos acontecimientos que ocurrían en el Perú hispánico, presumiblemente con agrado. En 1541 un grupo de conquistadores rivales había asesinado a Pizarro a puñaladas. Las fuerzas militares españolas persiguieron a los asesinos y conspiradores, pero siete lograron escapar y buscaron asilo en el reino de Manco. Considerando que el enemigo del enemigo era su amigo, Manco les permitió residir en Vitcos, donde departían juntos. Los asesinos no suelen ser buenos amigos. Los siete españoles creyeron que la corona los perdonaría si le ponían punto final a uno de sus problemas de largo plazo. En 1544, mientras jugaban a la herradura en la plaza de Vitcos, los españoles atacaron a Manco con dagas y espadas. Titu Cusi (quien entonces contaba con unos catorce años) intentó acudir en su auxilio, pero los españoles lo agredieron también. Los aliados selváticos de los incas sometieron a los 165

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