Las tumbas de Macchu Picchu

apresuradamente, después del apogeo del imperio de los incas. Estaba cubierta de tejas rojas no porque los españoles hubieran vivido ahí, sino porque los incas no eran románticamente estáticos; eran pragmáticos, y usaron la tecnología europea para su comodidad y supervivencia futura. El carbón posiblemente era el resultado del gran incendio que Túpac Amaru prendió antes de huir a la selva. Bingham y sus hombres habían observado al plano aluvial desde el mismo promontorio desde donde lo hicieran los españoles. Los exploradores habían partido por la misma escalinata incaica desde la cual Túpac Amaru contemplaba su destino mientras era arrastrado hacia arriba con una cadena de oro 242 . Lo más obvio de todo era la presencia de los asháninka, que se referían al lugar como Vilcapampa. Como otros blancos de su tiempo, Bingham creyó que los selváticos carecían de historia, que eran salvajes que respondían tan solo a las emociones e impulsos más básicos. Parecía no haber hecho la pregunta más inmediata: ¿por qué habían elegido Espíritu Pampa, entre todos los lugares posibles, como su lugar de refugio? Era un lugar inquietante. Casi cuatro siglos después de que Manco huyera a este lejano plano aluvial para refundar su reino, los asháninkas habían hecho lo mismo, en su caso huyendo de la violencia colonial del comercio de caucho. Tal como descubrirían los antropólogos posteriores, los asháninkas también conocían el mito de Inkarrí, la historia que había surgido de la ejecución de Túpac Amaru. Solo que en su versión, el Inca había vivido entre ellos, oculto en la selva 243 . Cuando Bingham regresó a Estados Unidos, reivindicaría a Machu Picchu como la verdadera ciudad perdida de los incas. Al hacerlo enmarcó la historia de los incas tal como él quería que fuera: bella, elevada, imperial, pura, e inquietantemente similar a los templos que había visto en la Exposición Universal de Chicago. Espíritu Pampa, sin embargo, era historia incaica como era y seguiría siendo: herida pero viva, sitiada pero recordada, y todavía un baluarte de resistencia. No obstante, Bingham era un hombre de su tiempo: un estadounidense blanco de inicios del siglo XX que creía que los indios eran o puros y peligrosos, o corruptos y tímidos. Por ende, Bingham debió ver a Espíritu Pampa como un híbrido degenerado. Al visitarla por tan solo dos o tres días, no se dio tiempo para disputar esas conclusiones. Aun así, Bingham tuvo la oportunidad de escoger el camino correcto. Mientras se secaba y partía de Pampaconas para los climas más secos de 160

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