Las tumbas de Macchu Picchu

asháninka hicieron señas a la selva que los rodeaba: estaban en medio de ella. Bingham se movía a tropezones por la maleza siguiendo a los ágiles asháninkas, quienes parecían nunca enredar sus túnicas en las espinas. El explorador estaba desconcertado. No había muchas formas de averiguar cuántos edificios había debajo. «Las ruinas están muy dispersas», escribió en su diario. «Será un largo y duro trabajo el despejarlas todas. Casi no vale la pena». Otros detalles le perturbaban. Había carbón, lo cual sugería que alguna vez hubo fuego. También había tejas rojas, como las que cubrían su casa en New Haven, lo cual nuevamente le parecía a Bingham evidencia de ocupación europea, no incaica 240 . Esa noche, de vuelta en el claro, los asháninkas se esforzaron por hacer que Bingham, Foote y el resto la pasaran mal. Cuando los nerviosos hombres blancos y sus porteadores indígenas intentaron dormir, «nuestros salvajes ayudantes decidieron hacer de esa una noche horrible con sus alaridos y tambores, bien para ahuyentar indios hostiles o jaguares, bien para exorcizar los demonios que los hombres blancos hubieran podido traer, o bien para animar a sus familias, que sin duda estaban ocultas en la selva cercana», escribió Bingham 241 . Las mujeres y niños permanecerían ocultos durante toda la visita de Bingham. Los asháninkas no los expondrían a los riesgos inherentes a la presencia de los visitantes. El grupo regresó a Espíritu Pampa por la mañana y se sorprendieron con cuántas ruinas no habían visto el día anterior. Después de despejar las lianas y la selva al oeste de las ruinas principales —«para sorpresa nuestra, y aparentemente también de los indígenas»—, encontraron dos casas de construcción superior y repletas de nichos. Eran aposentos como para un emperador. Pero cuando Bingham envió a los asháninkas en busca de más ruinas, todo lo que pudieron descubrir fueron tres pequeños cimientos y un puente, o por lo menos eso fue lo que dijeron. Dado su nerviosismo, podrían haber considerado más sabio limitar las razones que podrían hacer que los forasteros prolongaran su visita. Después de medir y dibujar los edificios que habían sido revelados, Bingham estuvo de acuerdo. «Al diablo con las moscas y las abejas», escribió en su diario. Era el 18 de agosto, y después de seis días seguidos de lluvia, selva sofocante y reservas de comida cada vez menores, estaba exhausto. Bingham puso fin a la búsqueda. Uno puede 158

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