Las tumbas de Macchu Picchu

venían con Saavedra, los asháninka habían elegido la tormenta. Cuando la lluvia cesó, Saavedra le mostró a Bingham algunas ruinas próximas al claro: aproximadamente dieciocho habitáculos bajos y circulares, algunos con restos de ceramios. Ni siquiera le parecían incaicos a Bingham, pero sí le hicieron pensar que había habido gente viviendo ahí siglos atrás. Mientras exploraban, apareció un joven asháninka de «cara agradable», armado de arco y flechas. El joven había estado de cacería y les mostró un ave que había conseguido. Quizá recordando cómo había establecido lazos de confianza con los indios de Colombia, Bingham le dio un albaricoque seco. Dos de los asháninka que habían conocido el día anterior emergieron de la selva, seguidos por un amigo. Tras oír las preguntas de Saavedra, los hombres apuntaron a la selva. Las verdaderas ruinas, «Espíritu Pampa o Vilcapampa», estaban en esa dirección. Se demoraron media hora en llegar, entre una vegetación que crecía con una complejidad casi gótica, más gruesa y alta a medida que iban avanzando, como si hubiera más de qué alimentarse. Si había una «ciudad perdida» en esta hostil selva, era del tipo de la que había que huir, no buscar: la ciudad perdida que vive en el afiebrado subconsciente de todos los exploradores, susurrando sobre su atroz pérdida, encerrada entre plantas sofocantes, y sostenida por las raíces de enormes árboles de ceiba. El aire estaba cargado de calurosa humedad, moscas y abejas. Finalmente, «tras una cortina de lianas colgantes y matorrales tan densos que no permitían una visibilidad mayor a unos cuantos metros en cualquier dirección», el asháninka le mostró a Bingham unos quince a veinte pequeños edificios rectangulares. Ninguno era tan impresionante como aquellos que había en Machu Picchu, pero eran claramente incaicos: altos y con salientes triangulares. Había cerámica incaica en las ruinas y una fina fuente con tres picos, muy similares a aquellas en los sitios imperiales incaicos clásicos. Un edificio tenía un muro redondeado en un extremo, como los templos del sol en Machu Picchu y Cusco. ¿Había cumplido el mismo propósito? El asháninka llevó a Bingham a un segundo conjunto de edificios que estaba próximo, entre los cuales había una estructura enorme de 59 metros de largo y 7,3 metros de ancho, con doce puertas en la parte delantera y otras doce en la trasera. Su estilo era grandioso, como un hermano un tanto menor del palacio en Vitcos. Pero su construcción era rústica, muy lejos en calidad de Vitcos o Machu Picchu. Confundido, Bingham le pidió a los asháninka que le mostraran Vilcabamba. Los 157

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