Las tumbas de Macchu Picchu

hubiera] visto jamás». Vestía con la túnica unisex hasta los tobillos que usa su pueblo, el cushma, su largo cabello negro lucía descuidado y enmarañado, mientras que sus mejillas estaban demacradas. Era el líder de su gente, y estaba tuerto. Por la noche se aparecieron un joven casado y su hermana, también con mal aspecto. «Todos estaban resfriados», apuntó Bingham238. No eran asesinos salvajes que requerían ser castigados. Más bien estaban huyendo de la «civilización». Estos asháninka o machiguenga se habían escapado recientemente de una cauchera cuyo dueño era el mismísimo Pancorbo, el terrateniente que había intentado evitar que Bingham partiera de Vitcos 239 . Pancorbo los había enganchado por medio del peonaje por deudas. Quizá incluso los había torturado, además de definitivamente haberlos expuesto a enfermedades europeas. Quizá se habían rebelado como parte de la revuelta más extensa en la región, y Pancorbo se preocupaba ahora por la venganza que pudieran tomar. Le tenía recelo a Saavedra porque los campas ahora trabajaban con él en un arreglo mucho más amigable y, quizá, porque habían huido a Espíritu Pampa. Pancorbo podría haber pensado que Bingham estaba realmente en peligro, pero también podría haber temido lo que Bingham diría si descubría la verdad. Pancorbo no tenía por qué haberse preocupado. Bingham no estaba ahí para ayudar a los indios selváticos, sino para usarlos como guías. Por algún motivo misterioso, uno que Bingham no podía aprehender del todo, los campa-asháninka habían buscado refugio en las ruinas de Espíritu Pampa, las cuales llamaban Vilcabamba. Lo llevarían ahí al día siguiente. Cuando despertaron, Carrasco estaba enfermo y tuvo que quedarse en Concevidayoc. Bingham, Foote y los demás siguieron a Saavedra por el camino a Espíritu Pampa. Escalaron el último cerro, y al mediodía llegaron a un promontorio marcado por una pequeña y desvencijada plataforma rectangular que estaba casi oculta por la maleza. Saavedra apuntó al abanico aluvial bajo ellos, y Bingham vio… nada en particular, aparte de un claro con las chozas de los asháninkas y un valle cubierto por una gruesa canopea selvática. Las ruinas estaban ocultas debajo de ella, explicó Saavedra. El grupo descendió por unas escaleras incaicas inusualmente anchas, que medían más de quinientos metros de largo. Había empezado a llover cuando llegaron a los hogares de los asháninkas, pero nadie estaba ahí. Al tener que elegir entre una tormenta o unos extraños, incluso unos que 156

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