choza de donde salió un pequeño y menudo hombre de pantalón polvoriento, poncho suave y sombrero ancho que bloqueaba el intenso sol del mediodía. Levantó la mirada y los estadounidenses vieron unos ojos silenciosos y tristes, bigotes caídos y «la más agradable sonrisa que hubiera visto en el Perú», escribió Foote en su diario 232 . Bingham nunca había conocido a «un hombre más agradable y apacible» 233 . Juan Cancio Saavedra no era un temible tirano 234 . Les sirvió una cena de pollo, arroz y yucas dulces a los expedicionarios y les explicó que la tierra tenía el nombre hispano-quechua de Concevidayoc «porque le salvó la vida. La palabra significa “lugar donde uno puede resguardarse del peligro”». Vivía ahí con su «afable esposa indígena», tres o cuatro hijos y una empleada doméstica. Plantaba plátanos, café, camotes, tabaco, maní y caña de azúcar, la cual procesaba en un pequeño molino de pie, y después llevaba a San Francisco de la Victoria de Vilcabamba una vez al año para pagar sus impuestos 235 . Saavedra mismo mantenía los senderos y puentes del valle, y dos de sus hijos estudiaban en el Cusco. Bingham estaba impresionado. «En la agreste selva, alejado de vecinos, rodeado de densos bosques y unos cuantos salvajes, había construido su hogar. No era un potentado indígena, tan solo un hombre de frontera, enérgico y de palabras suaves, un carpintero y mecánico ingenioso, un peruano modesto del mejor tipo» 236 . Entonces ¿por qué los terratenientes como Pancorbo le tenían tanto temor a Saavedra y a otros como él? ¿Qué pasó con el supuesto ejército de indios selváticos con el que contaba Saavedra? Bingham captó la verdad aquella tarde cuando un solitario «salvaje» emergió de la selva. Era o un machiguenga o un asháninka —llamado un «campa» por los peruanos que viajaban con Bingham—, y ambos eran pueblos que habían hostigado infatigablemente a los españoles. En el siglo XVII, cuando los misioneros presionaron demasiado a un curaca para que dejara a sus esposas, «tal fue la lluvia de flechas que les lanzaron los indios sacrílegos», escribió un cronista, «que en un breve instante los tres quedaron como erizos, por lo flechados que quedaron» 237 . En el siglo XVIII, los asháninka se habían plegado al autoproclamado Inca Juan Santos Atahualpa. Y sin embargo, el solitario y tímido campa que se les acercó se parecía muy poco al noble guerrero que Bingham se había imaginado. Más bien, era «con mucho el más inmundo y espantoso salvaje que [Bingham 155
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