Las tumbas de Macchu Picchu

El viaje agotó a los estadounidenses. Llevaban viajando un mes entero, y los cantos fantasmales de los pajarillos, las explosiones de flores y los enormes árboles ya no bastaban para motivarlos. Sus carpas goteaban por la noche, dejándolos exhaustos e irritables al día siguiente. Les habían crecido barbas ralas, y tenían la piel cubierta de varias capas de mugre. Aunque la altura iba descendiendo, la ruta del día siguiente fue dura, requiriendo entrar y salir de quebradas tributarias que se extendían del río como costillas de la columna de una serpiente. Las hojas putrefactas hacían viscoso el camino, y los insectos se posaban en las pieles desnudas de los hombres, dejándoles extrañas picaduras y preocupantes hinchazones. Cuando no se resbalaban en arroyos, cruzaban puentes de troncos atados; esto era un alivio y causa de preocupación a la vez: alguien le estaba dando mantenimiento al sendero. Bingham mantuvo su rifle a la mano, vigilando la selva por cualquier movimiento inesperado. Los cargadores indígenas la pasaban aún peor; iban desarmados y cada uno estaba cargado con más de veinte pesados kilogramos del equipo de la expedición. A la una de la tarde terminaron de cruzar la densa muralla de árboles y lianas y emergieron en un claro. Guzmán les dijo que hicieran un alto y descansaran, ya que «ahora estaban en el territorio de los salvajes, los indios indómitos que solo reconocían la autoridad de Saavedra y odiaban cualquier intrusión». Guzmán dijo que debían enviar un porteador como adelantado para que les comunicara al colono y a sus vecinos indígenas que venían como amigos y no para enganchar recolectores de caucho. Sin esta advertencia, los indios podrían atacar o, peor aún, desvanecerse en la selva. Sin su auxilio, la expedición jamás encontraría las ruinas. El porteador seleccionado dejó su cargamento y avanzó sigilosa y renuentemente por el camino. Bingham recuerda que, después de una hora de espera, «súbitamente nos sobresaltó el crujido de ramillas y el sonido de un hombre corriendo. Instintivamente íbamos con los rifles listos para cualquier cosa que pudiera pasar, ¡cuando del bosque salió un mestizo de cara agradable, vestido de manera bastante convencional, que había venido de parte de Saavedra, su padre, para darnos la más cordial de las bienvenidas!»231 Suspirando de alivio, el grupo guardó sus armas y siguieron al hijo de Saavedra a lo largo de un camino hacia el río, donde los árboles se hicieron más altos, tupidos y oscuros antes de abrir paso a un campo de caña de azúcar de un color verde intenso. En su borde estaba una cómoda 154

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