Las tumbas de Macchu Picchu

parte al amor por la libertad que les había impelido a abandonar poblados más cómodos por irse a vivir a un pueblo de frontera donde los terratenientes no podrían reclutarlos para trabajos forzados»230. Y esto último era precisamente lo que la expedición requería. Al final de uno de los peores senderos de mulas que Bingham hubiera visto jamás, Condore y Mogrovejo, los dos funcionarios estatales, iban silenciosamente bajo la lluvia «desde una solitaria granja a la siguiente». Saludaban a los hombres de cada casa con una sonrisa, pero al estrecharles la mano les ponían un dólar de plata en sus palmas. Les informaban a los hombres que ahora estaban obligados a ser porteadores para la expedición. Ya que los indios habían aprendido a nunca aceptar trabajar a menos que se les hubiera pagado por adelantado, los funcionarios habían aprendido a obligarles a aceptar la paga, amenazándoles con cárcel o peores cosas si se rehusaban. Los agricultores rogaron que se les dispensara, alegando que tenían que cuidar sus cosechas, que no podían ausentarse de sus familias, que no tenían comida suficiente para una marcha de una semana en la jungla. Pero los funcionarios eran implacables, y Bingham pronto tuvo media docena de porteadores a su disposición. «Parecía muy severo», escribió Bingham, «pero era la única manera de asegurarnos cargadores». Bingham pudo dormir mejor después de conocer a su guía remunerado que los llevaría a la marcha en la selva: Isidoro Guzmán, un robusto y barbudo colono mestizo que había visitado las ruinas incaicas. Era alegre y estaba lleno de historias pintorescas, aunque los estadounidenses no estuvieron muy entusiasmados por la cena que les sirvió: humeantes platos de sopa de intestino de oveja. «Realmente estábamos en tierras lejanas», escribió Bingham. Partieron al mediodía del día siguiente, siguiendo un camino que partía de la espalda de la choza de Guzmán. Los porteadores indígenas reclutados se quejaban mientras jalaban las mulas a lo largo de un camino empinado y cubierto de lodo que subía y bajaba por encima del río. La lluvia les impedía divisar el valle, y la vegetación que flanqueaba el camino cambió de pastos a arbustos. Los arbustos a su vez dieron paso a árboles de los cuales goteaba agua y colgaban lianas y bromeliáceas extrañas y menudas. Bingham se sintió agradecido cuando hicieron un alto para pasar la noche en un poblado llamado San Fernando, un pequeño sembrío de maíz con dos pequeñas chozas donde vivían tres o cuatro agricultores indígenas. Los granjeros desaparecieron la mañana siguiente; la expedición de Bingham era tan poco bienvenida como los españoles lo habían sido 350 años atrás. 153

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