había huido al sur a una serie de seis sitios diferentes, cuyos nombres suministró. El itinerario encajaba con una de las rutas que los ejércitos incaicos de Manco habían seguido alguna vez para incursionar sobre los poblados y caravanas españolas 227 . Bingham estaba asombrado. Los españoles se habían esforzado mucho por imponer su cultura, pero 350 años después de la conquista los nombres incaicos originales todavía persistían en el terreno y seguían siendo recordados por sus antiguos súbditos. Bingham se preguntaba si esta memoria se extendería a Espíritu Pampa, o si la pampa de los espíritus era solo una fantasía suya: «¿Acaso las ruinas resultarían ser espectrales? ¿Se desvanecerían tan pronto llegaran los hombres blancos con cámaras y cintas metálicas de medición?» se preguntó 228 . Cuando partieron a la mañana siguiente, su grupo incluía ahora ocho personas: los estadounidenses Bingham y Foote; el sargento Carrasco más el otro soldado provisto por el gobierno; el alegre alcalde Condore, el áspero teniente Mogrovejo de Lucma y los dos arrieros indígenas que se encargaban de las nueve mulas. Llovía fuertemente y el camino que salía de Vilcabamba «la Nueva» se llenó de barro. Para media mañana estaban a 3810 metros de altura, en el paso de Kollpacasa. Atrás quedaban el río Vilcabamba y su valle. Al frente estaba el río Pampaconas. Este nuevo valle era empinado y estaba cubierto de hierba en sus zonas altas, pero cuando se internaba en la selva río abajo, tanto el valle como su río cambiaban de nombre, volviéndose el Concevidayoc, de cuyos peligros Bingham había sido advertido. En el mapa de Bingham, el río y su valle giraban con dirección al sur, hacia el río Apurímac. En la vida real parecía ir hacia el norte, al Urubamba. Bingham se percató de que estaba en territorio ignoto. Uno de sus topógrafos después demostraría que el Apurímac y Urubamba estaban 48 kilómetros más lejos uno del otro de lo que se creía, «descubriendo» así una región de 3885 km2, un «verdadero laberinto de cumbres nevadas, glaciares desconocidos y cañones inexplorados» 229 . No estaba deshabitado, sin embargo, le recordó Mogrovejo. Bajo ellos estaba un pueblo de agricultores y pastores indígenas y mestizos que habían decidido asentarse en esta remota zona por una razón. Los soldados debían mantener un perfil bajo. «[S]i los indios de Pampaconas veían cualquier botón dorado cruzando los cerros se esconderían tan bien que sería imposible conseguir porteadores. Esto se debía aparentemente en 152
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