Para Bingham nunca había estado tan claro lo que estaba en juego en esta búsqueda de ciudades perdidas de los incas. Podría dar media vuelta y regresar al Cusco, dándose por bien servido con haber descubierto Vitcos y pasar el resto del mes tranquilamente despejando Machu Picchu. O bien podría seguir incursionando en la selva en búsqueda de Espíritu Pampa, para averiguar si se trataba de Vilcabamba la Vieja, el corazón religioso del reino rebelde de Manco. Al hacerlo se exponía a verse involucrado en un violento conflicto que se había estado fermentando desde la conquista. La decisión que tomaría Bingham nunca estuvo verdaderamente en duda. Le agradeció a Pancorbo por la advertencia, pero le dijo que no la seguiría. Pancorbo frunció el ceño y se alejó enfadado, seguido por su guardaespaldas armado; era el pellejo de Bingham, no el suyo. El camino que salía de Puquiura era pintoresco pero sumamente empinado, y Bingham, Foote, Mogrovejo, Carrasco y su arriero se elevaron rápidamente por encima de la línea arbolada. Una hora después llegaron a una tranquila aldea a tres mil metros de altura llamada San Francisco de la Victoria de Vilcabamba, o Vilcabamba la Nueva, que fuera fundada por los españoles en conmemoración de su victoria sobre el reino del Inca rebelde. Cuando las minas de oro y plata de las cercanías se agotaron, la población del pueblo colapsó. Todo lo que quedaba de aquella época era la alta y antigua iglesia, excesivamente espaciosa para los pocos arrieros, pastores y agricultores que permanecieron. El afable alcalde indígena del pueblo, Manuel Condore, reunió a los pueblerinos para que conocieran a los visitantes. A medida que Bingham los entrevistaba, pudo ir visualizando las pistas como si fueran alfileres en un mapa. Un poblador le confirmó que había «un lugar en la selva llamado Vilcabamba o Vilcapampa Vieja» a unos cuatro días de distancia. Nadie en Vilcabamba la Nueva había estado ahí, pero los habitantes del pueblo de Pampaconas, en el siguiente valle, sí lo conocían 226 . Condore también trajo ante Bingham al más longevo habitante de Vilcabamba, Juan Quispicusi. Quispicusi tenía ochenta años y había nacido en una época en que unos cuantos residentes del Cusco aún trazaban su ascendencia inca; sus abuelos podrían haber estado vivos durante la rebelión indígena de Túpac Amaru II en 1780. Humilde y deferente, se quitó su sombrero en la presencia de Bingham, revelando una gorra de lana y cabello gris. Vestido con un poncho verde, rojo y amarillo, y con sus pantorrillas desnudas al frío, recitó una tradición que había aprendido de niño: un Inca había vivido en Rosaspata, o Vitcos, y después 151
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