agricultores sumisos. Atacaban con flechas envenenadas a los conquistadores y colonos. Para obtener herramientas de metal entraban en contacto con los misioneros, quienes a su vez no se decidían si deseaban salvarlos de la corrupción europea o castigarlos por su «salvajismo». Cuando los misioneros presionaban demasiado, la reacción era feroz. En la década de 1740, los indios selváticos de la vertiente oriental de los Andes centrales —junto con unos aliados negros clave— se plegaron a un indio cusqueño llamado Juan Santos, quien se había proclamado heredero del Inca Atahualpa. Juntos expulsaron a las misiones franciscanas 223 . Los europeos dejaron de interferir en la selva a lo largo de los siguientes cien años, hasta que a mediados del siglo XIX surgió una razón para retornar. El caucho, la sustancia lechosa que mana del Hevea brasiliensis, el árbol cauchero brasileño, entró súbitamente en demanda. Para recolectar esta lucrativa sustancia, los barones del caucho incorporaron a los previamente independientes grupos indígenas de la zona a un sistema que abarcaba desde el peonaje por deudas a la verdadera esclavitud, sistema que lubricaban con bienes comerciales, coerción física, tortura y asesinato. El número de víctimas mortales del régimen cauchero más conocido, el del rey Leopoldo II del Estado Libre del Congo, era mucho mayor que el registrado en la zona más violenta de Sudamérica —la región del Putumayo de Perú, Ecuador y Colombia— pero la diferencia era una de escala, no de barbarie224. Los capataces usaban el castigo como una excusa para exorcizar cuatro siglos de terror hacia sus trabajadores indígenas, y cometían actos de crueldad intolerables. Mientras Bingham decidía si seguía viajando hacia Espíritu Pampa, un irlandés llamado Roger Casement estaba presionando al gobierno británico para que publicara un informe que documentaba la muerte de treinta mil indígenas en las regiones del Putumayo 225 . Tal como descubriera Bingham, la situación en el sur del Perú estaba tan solo ligeramente menos cargada. Mientras se preparaba para partir de Puquiura, el hacendado Pancorbo le dio el alcance y le advirtió que si quería llegar a Espíritu Pampa debía pasar por Concevidayoc, la guarida del colono Saavedra y sus feroces esbirros indígenas. El terrateniente admitió que había ruinas ahí, pero le advirtió que si iba con su escolta de soldados, los indios desaparecerían, privándole de guías que les pudieran mostrar el sitio. Por otra parte, si iban desarmados, sin soldados, «podrían atacarnos y poner fin a nuestro avance». 150
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