tamaño: parecía más grande que cualquier estructura incaica que Bingham hubiera visto hasta entonces, aparte de Sacsayhuamán, el complejo de las murallas enormes ubicado en la parte alta del Cusco. Aproximándose desde el sur, Bingham contó una, dos, quince puertas. Dio la vuelta y contó otras quince. El palacio medía 75 largos metros de largo y 13 metros de ancho. Aunque su mampostería no era tan refinada como la de Machu Picchu, seguía siendo excepcional. Las tres puertas que daban a la plaza estaban intactas y brillaban con jambas de granito blanco y dinteles enormes de dos metros. Había tres grandes cuartos dentro y tres largos corredores que los conectaban. Muchos de los bloques habían sido removidos para hacer muros para las tierras de pastoreo, y Bingham vio «una cantidad considerable de hoyos… que habían sido cavados en busca de tesoros»219. Aún quedaba suficiente para poder evocar la antigua grandeza del lugar, sin embargo. Machu Picchu había llenado la mente de Bingham con imágenes de sacrificio y adoración al sol, pero consideró que este lugar sería apropiado «para la residencia de un rey». La cadena más allá del edificio le daba una vista perfecta valle abajo. Picos nevados se cernían detrás, al sur, y el pasaje del sol podía ser seguido por los valles boscosos al este y oeste. Bingham podría haber cerrado los ojos e imaginado a Manco Inca tramando su venganza contra los españoles. ¿Pero era Vitcos? Bingham comparaba su gastada copia de las crónicas españolas con lo que estaba viendo. Las crónicas señalaban que Vitcos se ubicaba junto a un santuario de piedra blanca y un manantial llamado Yurak Rumi. Si pudiera encontrar el santuario, tendría la certeza de que estaba en el lugar correcto. El sol empezaba a ponerse y retornaron a Huancacalle, el pueblo al costado de Puquiura. La siguiente mañana, después de medir el palacio, Bingham se reunió con Foote en un angosto y bucólico valle al este de las ruinas, donde un pequeño riachuelo se escurría a través de campos cultivados y alrededor de vallas de piedra y árboles. El valle estaba cubierto de rocas de granito tallado, pero ninguna se asemejaba a las descripciones que de Yurak Rumi figuraban en las crónicas. Una era grande y blanca, y tenía un asiento tallado en su lado norte, pero no estaba cerca de un manantial. Otra tenía un intihuatana bajo y circular, pero era demasiado pequeña. La escena era inquietantemente silenciosa, y a medida que el sol se ponía tras Rosaspata, las piedras se tornaron a un color azul umbroso. Este estrecho valle era tan sagrado como Machu Picchu, pero en 145
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