Las tumbas de Macchu Picchu

España, o Ñusta Hispanan. Los pasajes de las crónicas que Bingham llevaba dobladas en el bolsillo sugerían que el palacio de Manco estaba cerca de un santuario solar de piedra llamado Yurak Rumi. ¿Acaso Ñusta España y Yurak Rumi podrían ser el mismo lugar? ¿Era Rosaspata Vitcos? «Nadie ha estado ahí arriba», le escribió a su esposa. «Tenemos unas largas y duras caminatas por hacer» 216 . Era la última carta que escribiría por tres semanas. Al día siguiente, Mogrovejo los llevó río arriba por el Vilcabamba. El valle serpenteaba y se ensanchaba, y el camino se cruzaba con el río debajo de ellos. Cruzaron el río a través de un puente robusto y siguieron el camino al sur, continuando su subida, pero de manera menos pronunciada ahora. Remontaron una cadena de montañas y súbitamente pudieron ver la longitud del valle: verdes campos y picos gris oscuro en ambos lados. Directamente delante de ellos estaba «una colina trunca de unos trescientos metros de altura, su cima en parte cubierta por una rala vegetación de árboles y arbustos, mientras que sus laderas eran empinadas y rocosas» 217 . Rosaspata, murmuró Mogrovejo. En su cima estaban las ruinas. Y bajo ella, el pueblo indígena de nombre Puquiura, el punto geográfico clave de todas las descripciones coloniales del último reino de los incas. Bingham hubo de reprimir su emoción. Rosaspata encajaba de manera casi exacta con las descripciones que de Vitcos hacían las crónicas: junto a Puquiura, «en una alta eminencia rodeada de escabrosos peñascos y selvas, muy peligroso de escalar y casi inexpugnable» 218 . Y según las crónicas, unos pocos días más allá de Puquiura estaba Vilcabamba. Ataron sus mulas y después de almorzar empezaron a caminar hacia las ruinas incaicas. Guiados por un indio lugareño cuyo nombre quedó sin registrar, Bingham, Foote y Mogrovejo cruzaron nuevamente el río Vilcabamba. Pasaron un molino de cuarzo en ruinas, un remanente de la fiebre de oro de fines del siglo XVI. Cruzaron un río angosto y empezaron a escalar la empinada colina. El guía les señaló la decrépita ruina incaica en el abra del cerro, una sola estructura con seis puertas y paredes rústicas que había sido convertida en un potrero. Bingham se preguntaba si alguna vez fue un fortín asaltado por los españoles. El guía los llevó por el lado occidental del monte y apuntó. El cerro bajaba y se aplanaba en una plaza amplia y abierta, llena de pasto pero con un largo edificio en ruinas en su borde norte. Bingham se maravilló por su 144

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